No quiero dormir solo (ficción)

Por @joshtaverita

No quiero dormir solo y a veces pienso que no hay remedio. No quiero despertar solo y creo que así será. 

El sonido de la lluvia, un cigarro y de fondo el ruido de la música electrónica eran mis acompañantes. Salí a disfrutar de mi vicio después de un par de tragos. Llevaba ya un tiempo abandonado en el lugar, los canallas a los cuales llamaba amigos me habían abandonado para compartir noche y cama con algún desconocido a pesar de que habíamos acordado permanecer juntos, pero no hay nada que hacer cuando la testosterona inunda la cabeza. Quería desde ese momento abandonar el lugar y dirigirme a mi solitaria habitación, pero la torrencial lluvia me impedía llegar a mi automóvil e incluso si lograba pasar a través de ella, la intensidad de las gotas me impediría avanzar por la ciudad.

Así que me encuentro solo, decepcionado y con frío.

Una pareja se unió a mi vicio, embriagados de alcohol y de amor que dura menos que el efecto del licor. Uno de ellos me pidió fuego, el cual le concedí dejando clara mi incomodidad con una mueca. Pareció no notarlo. Mi cigarro y mi paciencia se agotaron en el momento en que los besos se intensificaron y la mano de ella se perdía dentro del pantalón de él. La lluvia sería mejor amiga que este par de enamorados que olvidaron su pudor en la barra del bar. Para el momento que iba a avanzar el primer botón de la camisa de la mujer y un paraguas encima de mí se habían abierto. La sonrisa detrás de semejante amabilidad tenía además cara y cuerpo.

Hasta ese momento no lo había notado, lo cual demostraba la poca atención que prestaba a mi entorno, pues era poco probable que alguien de semejante estatura pasara desapercibido. Con el humo saliendo de su boca y mi mirada esforzándose por mirar algo más, me tomó del brazo y me acercó a él.

– Será difícil caminar entre la lluvia sin cubrirte, además no traes un abrigo que te proteja del frío, te puedes enfermar- traté de despejar mi mente para poder captar lo que me había dicho.

– Traigo un suéter en mi coche, no pensé que fuera a llover- alcancé a contestar.

– ¿Bromeas? Ha llovido toda la semana y el reporte del clima predijo lluvia fuerte por la tarde y por si eso no fuera suficiente, todo el día ha estado nublado- rió y mi molestia se mezcló con ansiedad. ¿Se estaba burlando de mí? Que arrogante hombre.

Sin decir nada me di la vuelta para internarme en la lluvia y una vez más tomó mi brazo y me atrajo cerca de él.

– Lo lamento- dijo – No quise ofender –

– No hay problema-

– Déjame acompañarte al coche-

– Estoy bien, no es necesario –

– Por favor- Y sus ojos me hicieron aceptar.

Caminamos por la primera cuadra en completo silencio. Estábamos muy cerca el uno del otro, el paraguas era muy pequeño para dos personas. El frío empezaba a generar temblor en mi cuerpo, el cual trataba de ocultar sin éxito. Al dar la vuelta en la segunda cuadra, mi acompañante pasó su brazo sobre mi hombro y me acercó a su calor. No dijo nada, mantuvo su seriedad y su vista al frente.

– No sé ni tu nombre – lo único que sabía es que era demasiado amable o posiblemente un asesino que engaña a sus víctimas con gestos gentiles. Empecé a generar un plan de escape.

– Christian- y ya. No preguntó el mío.

Continuamos en silencio hasta que visualicé mi automóvil, resaltaba por su llamativo color rojo.

– Ya es aquí. Gracias-

– Un placer-

– Andrés. Mi nombre es Andrés- claro, dale más información al asesino.

– Un placer Andrés – y dio la vuelta.

– ¿Cómo te irás?- ¿qué estás haciendo? No se te ocurra ofrecerte a llevarlo.

– Metro-

– ¿A esta hora?-

– Cierra a las 12-

– ¿Quieres que te lleve?- ¡pendejo!

– No es necesario, gracias- realmente esperaba que dijera que sí -pasa una buena noche- y se marchó.

Permanecí mojándome en la lluvia por unos segundos y después de entrar al coche, me mantuve viendo las gotas chocar contra el parabrisas por lo que pareció horas.

Arranqué y avancé lentamente por las calles hacia mi casa. Debía tener precaución extra por la lluvia y porque mi mente aún estaba concentrada en su sonrisa. Tres cuadras bastaron para verlo otra vez, aún caminando por la lluvia pero esta vez sin el refugio del paraguas. Me orillé unos metros adelante y bajé la ventanilla del copiloto.

– Te llevo al metro- grité demasiado fuerte.

– Está a unas cuadras-

– Me toca refugiarte de la lluvia- ¡que estupidez estás diciendo!

Lo pensó. ¡Lo pensó!

– Está bien- definitivamente si esto fuera una película criminal ya estaría muy muerto.

Se subió al coche demasiado pequeño para su estatura y se pasó la mano por el pelo desaliñado por la lluvia, salpicando pequeñas gotas en mi cara. Empezamos a avanzar.

– ¿Por qué estabas en el bar solo?- me preguntó. ¡Habló!

– Fui con unos amigos a la marcha y al bar después, pero me abandonaron porque encontraron otros amigos-

Silencio otra vez.

– ¿Por qué estabas tú solo?-

– Mis amigos se fueron con alguien más –

– Esa es mi historia- dije molesto ¿acaso se estaba burlando de mi?

– Eso no impide que también sea mi historia-

Silencio.

– ¿Y tu asombroso artefacto para cubrirte de la lluvia?- rió un poco con mi comentario.

– Se vió dañado con el viento-

Definitivamente este hombre no hablaba mucho.

No puedo con él.

El metro estaba enfrente de nosotros.

– Que pases buena noche- dijo y salió.

¡Eso fue todo! Lo vi bajando las escaleras hacia el subterráneo y mi ánimo se hundió también. Apagué el motor. No puedo. Bajé la cabeza y en el asiento vi un celular, su celular. Al alzar la cabeza lo vi regresar.

Esto me va a volver loco.

Abrió la puerta del conductor y se entró de nuevo al calor.

– Lo lamento- se disculpó – olvidé el celular y el metro al parecer está cerrado por la lluvia. Tendré que pedir un taxi.

– ¿Vives muy lejos?-

– Por la condesa- ¡perfecto me queda de paso!

– Te llevo- y sin esperar respuesta arranqué.

– ¿No te desvío mucho?-

– No, me queda de paso- y vas a la madriguera del lobo. Soy más pendejo que el hombre que escucha ruidos afuera de su casa y sale desarmado a ver si no es un ladrón.

En la condesa los bares ardían, el orgullo se celebraba en cada esquina que había. Me dirigió por las calles hacia su casa, en varias ocasiones emitió algunos comentarios sobre la gente que veía.

-¿Alguna vez has ido a la marcha?-pregunté.

– Cuando iba en la universidad. Mi mejor amiga me llevó. Quedé fascinado y asustado por los colores, el ambiente y la música. De entre la muchedumbre, un hombre que evidentemente había notado mi miedo me tomó de la mano y caminó conmigo durante todo el viaje. Esa noche fuimos a un bar y pasé la madrugada en su casa. Después de eso no volví a saber nada de él. A veces voy al bar al que me llevó ese día con la esperanza de volverlo a ver y darle las gracias por otorgarme la confianza que necesitaba para demostrar mi orgullo. Nunca lo he vuelto a ver.- al contar su historia me di cuenta de que era un hombre con sentimientos más intensos de los que demostraba. Definitivamente no era un criminal. – Mi casa es en la siguiente esquina- dijo y orillé el auto – Muchas gracias por traerme-

– ¿Hoy fuiste al bar a buscarlo?- pregunté antes de que bajara.

– Sí-

– ¿Y lo viste?-

– Sí, a lo lejos platicaba con un hombre mucho más joven que él –

– ¿Te acercaste a hablarle?-

– No, durante mucho tiempo pensé que verlo me haría sentir fuerte y seguro y hoy que por fin lo vi no sentí nada. Tal vez deba empezar a buscar esa fuerza y seguridad en mi y no en alguien más –

– Espero la encuentres- no supe que más decir.

– Buenas noches- salió del coche y por un momento pensé que de mi vida. Empezaba a aceptar la idea de que nunca más volvería a verlo cuando por imposible que pareciera, la lluvia empezó a incrementar de intensidad y un golpe en la ventana me sacó del ensueño.

– La lluvia se vuelve peor ¿por qué no te quedas esta noche? Puede ser peligroso que manejes- con su sonrisa de oreja a oreja me convenció.

El edificio era viejo pero bonito, amplio y frío. Sentía que mis huesos se congelaban.

– Vivo en el sexto piso y no hay elevador- me advirtió.

Al llegar al quinto piso, la opresión en mi pecho me impedía avanzar. Había vomitado un pulmón hacía dos pisos y hace uno mis piernas suplicaban piedad. No tenía condición para esto ni para nada, en parte era por la falta de actividad física y en parte por el consumo de 5 cigarros diarios desde los 16 años. ¡Maldito tabaquismo!

Llegué a su apartamento casi arrastrando. Traté de disimular mi cansancio pero mi respiración de perro me delató.

-¿Quieres un vaso de agua?- dijo en un tono burlón.

– Por favor- contesté entrecortado.

Su departamento era sencillo. Una sala pequeña con un televisor grande, una cocina donde apenas cabía él y un par de muebles, un comedor para dos y un cuarto para dormir.

– Bonita pantalla- realmente era demasiado llamativa por su tamaño.

– Se ve mejor el fútbol en una pantalla grande –

– ¿A qué equipo le vas?-

– Chivas-

– ¿Feliz por el campeonato?-

– Hace mucho mi equipo no me hacía tan feliz-

Traté de pensar que más decir pero mis conocimientos en la materia eran limitados.

– No eres fan del fútbol ¿cierto?-

– Sé un poco, mi papá y hermano son muy futboleros-

– Déjame traerte ropa seca- dijo mientras me ofrecía el vaso de agua.

Se internó en su habitación dejando la puerta abierta, se quitó la camisa dejando ver un tatuaje de mandala y unas cuantas cicatrices en su espalda. Una historia para otra ocasión. Regresó y me ofreció una playera y un pantalón secos. Me permitió pasar a su baño a cambiarme. El reflejo del espejo reveló el caos que había dejado la lluvia. Me arreglé lo más que pude y regresé con él. Lo encontré acomodando el sillón para dormir.

– Yo dormiré aquí, te ofrezco mi cama para que descanses – me sorprendió.

– No, yo me quedo en el sillón. No hay problema-

– Ve a dormir- dijo acercándose a mi y me dio un beso en la frente.

– No quiero dormir solo –

– ¿Por qué?-

¿Por qué?

Querría decirle que desde los quince años me sentía solo y que este sentimiento sólo había incrementado en los siguientes 10 años. Quería decirle que esta noche me sentí abandonado, triste y olvidado y que ésto cambió cuando él se ofreció a acompañarme. Quería decirle que sabía que él también se sentía solo, que él comprendía como me sentía. Quería decirle que con él no me sentía tan mal.

– Es tu cama- fue lo que dije.

– Yo te la ofrezco, es descortés que no aceptes- se recostó en el sillón – Buenas noches –

Me fui a la cama. El sueño me abandonó y sólo di vueltas en el colchón por algunas horas. Trataba de asimilar todo lo que había pasado cuando él entró a la habitación, se acostó a lado de mi bajo las sábanas y me abrazó atrayéndome a su calor.

-No quiero dormir solo – dijo y dejé que el sueño me inundara.

El Asesinato de Julio Herrera. Capítulo 3

Por @joshtaverita

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Puntual como siempre. Faltaba un minuto para que dieran las ocho, la hora acordada para nuestra cita cuando el estridente sonido del timbre rompió el silencio del ambiente. Sería una noche especial.

Llegamos al evento. El automóvil que la televisora nos había enviado se detuvo frente a la alfombra roja. Al menos una docena de fotógrafos se agazaparon lanzando sus veloces flashes hacia la puerta. Ella se veía espectacular, sabía que daría de qué hablar. La tomé de la mano para ayudarla a salir, escuché los murmullos de los periodistas al verla y sentí los disparos luminosos intensificarse. Era la primera vez que ella se presentaba conmigo a un evento.

Las críticas fueron positivas como lo imaginé. Presentarla a los medios, a mis compañeros y equipo de producción me hacía sentir orgulloso. La amaba demasiado. Me sentía en paz. Ella era mi mayor logro.

La noche marchaba bien. Ella parecía divertirse, a pesar de su sempiterna seriedad, su semblante severo y sus ojos imperativos, sus labios habían adoptado una sonrisa luminosa y cálida que invitaba a los asistentes a acercarse con similar amabilidad.

Por unos minutos la perdí de vista o pudieron ser horas, tal vez semanas que se volvieron meses, años y vida.

De repente sus ojos y su sonrisa eufórica me asaltaron.

-Divertida noche- dijo en tono dulce.

-Bastante, muy hermosa- no me refería a la noche.

-Interesante elección de traje-

-¿A qué te refieres?-

-Azul brillante, entallado ¿tratas de hacerlo obvio?-

-¿Qué cosa?-

-Ya sabes… que eres gay- ¿Qué acaba de decir?

-No soy gay, señorita.-

-No hay nada de que avergonzarse, en esta época ya nadie te juzga-

-Realmente no soy gay, incluso vengo con mi novia-

-¡oh! Lo siento, yo solo pensé…lo siento- sus mejillas se ruborizaron.

-No hay de que preocuparse-

-Tal vez…debería seguir atendiendo- y se alejó apresuradamente tropezando con uno de los invitados al macharse.

¿Quién era ella?

La velada siguió su curso. Los invitados intoxicados por las, siempre llenas, copas de alcohol empezaban a retirarse, evitando a toda costa a los camarógrafos que en parvada aguardaban fuera del edificio, nadie quiere ser la portada escandalosa de las revistas que se nutren de los momentos más humanos de los artistas.

Mi mente viajaba distraída entre el mar de gente restante, cara por cara, cuerpo por cuerpo, buscaba entre la multitud la sonrisa alocada, la única que eclipsaba el sol que sostenía en mi mano.

Fue inútil buscar. El salón estaba casi vacío y no había rastro de su huracán, empezaba a creer que me estaba volviendo loco y ella sólo había sido una alucinación bastante elaborada de mi mente.

-Vámonos amor- me susurró al oído.

Le di un beso en la frente, algo que era común entre nosotros y nos encaminamos a la puerta. Diversas personas nos bloqueaban el camino al andar, despidiéndose de nosotros, reconociendo la belleza del universo que llevaba de la mano. Por un segundo sentí la necesidad de voltear en dirección contraria, esa sensación de una mirada traspasándote. Me topé con sus ojos oscuros y misteriosos, una media sonrisa torció sus labios y desapareció detrás de la puerta de la cocina. Tomé una decisión.

Solté mi mundo con el pretexto de acudir al baño, ella se encaminaría al automóvil y yo al infierno. Corrí tras el diablo tentador, internándome más allá de los límites permitidos. Una docena de miradas se clavaron sobre mi, el cálido olor a comida perfumaba el aire, mi corazón latía al ritmo del aleteo de un colibrí. Ahí estaba, semioculta entre la multitud, su cuerpo tomó la postura de huída cuando me acerqué a ella.

-Espera- le grité con todo el aliento que me quedaba. Ella corrió en sentido opuesto, apresuraba el paso entre las personas. Yo trataba de acortar la distancia un paso a la vez –Espera, por favor- la súplica no hizo efecto.

Llegó a su fin, no había otro lugar a donde huir a no ser que corriera en dirección mía y me atravesara.

-Lo siento, de verdad lo lamento…no era mi intención ofenderlo- su voz sonaba angustiada.

-No me ofendiste, en serio-

-Por favor, señor, regrese con su novia-

-Eso intento, pero en mi mente… necesitaba verte-

-Por favor, no haga esto señor-

-Llámame Julio-

-No quiero generar conflicto-

-Ya lo has hecho-

-Retírese- la exigencia tomó fuerza

-Dime tu nombre-

-Señor, esto es bastante inapropiado, creo que ha tomado demasiado y es momento de que se vaya por su cuenta o me veré obligada a forzarlo- Amenazadoramente encantador.

-Sólo dime tu nombre- su pelo chino caía sobre su rostro cubriendo su expresión. Silencio. Las voces y ruidos de platos, cubiertos y vasos se habían extinto hace unos minutos.

En una mesa cercana se encontraba una pequeña libreta y un bolígrafo. Perfecto. Tomé los objetos y escribí mi nombre y número telefónico, con suerte ella llamaría.

-Dejaré esto aquí si te interesa- di vuelta y me retiré.

Afuera el frío se internalizó en mis pulmones incrementando el dolor en mi pecho. La puerta de nuestro coche estaba abierta y me interné con mi cielo para encaminarnos al paraíso. La noche en la ciudad es cautivadora, las luces de los edificios, la constante actividad, las calles sin tráfico automotriz. La noche en la ciudad es tranquila, casi se te olvidan las características representativas de la ciudad, características negativas como la sobrepoblación, contaminación e inseguridad. Por otro lado, la ciudad está llena de sorpresas, bosques, parques, monumentos, calles coloniales, museos, arte, multiculturalidad, en fin, un número ilimitado de opciones para pasar un buen rato con amigos, familia o pareja.

Me perdí en las estrellas del cielo y en las de mis recuerdos. Deseaba fervientemente que me llamara o que siquiera me enviara un mensaje.

-¿Estás bien?- me preguntó el universo.

-Sólo cansado- respondió el barro.

El hoyo negro de mi cabeza absorbía mis pensamientos. Algo se movió en mi bolsillo, mi celular vibró momentáneamente. Apurado saqué mi móvil y enfrenté el mensaje. Sólo una palabra escrita “Helena”.

Helena.

El Asesinato de Julio Herrera. Capítulo 2

Por @joshtaverita

Capítulo 1

Capítulo 2

«Encontrando un culpable»

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Es todo lo que escribe de ese día, el día en que se le arrebató la vida. Continuaba observando el diario, mientras a lo lejos se escuchaba el llanto incontrolable de la que podría ser su asesina. Había leído unas cuantas páginas previas a la de esta fecha. El registro anterior es de hace dos meses. El 7 de septiembre sale a festejar su aniversario con Val, su novia de 3 años. Después de eso nada. Deja de escribir hasta el día que fue apuñalado. Tal vez tenía miedo de lo que pudiera pasar, tal vez sabía de lo que ella era capaz.

La mujer seguía desbordando sus emociones en el pasillo, la anciana con la que había hablado minutos antes y a la cuál mandé a su casa, regresó para consolar a la que podría llamarse viuda.

-Morales, que empaquen todo lo que sea relevante, que el forense recoja el cuerpo y vámonos- observé como surgió un destello de maldad en los ojos del abotagado hombre, seguramente encontraría alguna joya, reloj u objeto de valor monetario que sería «relevante» para la investigación y lo decomisaría en nombre de la ley. Estaba más preocupado por la investigación que por las fechorías que pudiera cometer el cuerpo policiaco.

Me incliné ante la acongojada mujer -¿cómo te llamas?- pregunté en el tono más compasivo que pude generar.

La mujer entre sollozos contestó. Valeria. Entonces era ella a la que había invitado a cenar, de la que se había estado aprovechando por al menos los últimos dos meses.

La llamada a la policía se efectúa a las 20:14 horas, para ese momento la comida ya estaba preparada, muestra de ello es la persistencia del aroma en la cocina. Él estaba esperando que ella llegara pronto. Ella se presentó a las 23:16, demasiado tarde para acudir a una cena.

Aunque ¿por qué el asesino regresaría a la escena del crimen? Parecería una estrategia tomada de algún programa televisivo para desviar la atención del investigador. Pensando lógicamente, un criminal no regresa al lugar del asesinato por miedo a relacionar el acto con la persona o por si se encuentra algo que pudiera incriminarlo, mucho menos regresa pocas horas después cuando aún la policía está ahí. Pero ella parece lista. Posiblemente crea que esconderse a plena vista disminuirá las posibilidades de ser incriminada.

-¿Por qué estás aquí?- pregunté sin rodeos, sin darle tiempo a crear una historia falsa. Su rostro se tornó defensivo a la agresividad de mi voz.

-Es mi novio- contestó con la voz aun entrecortada por el llanto- íbamos a cenar juntos-

-¿A las 11 de la noche? Al parecer él te esperaba desde antes- ataqué.

-No pude antes-

-¿Por qué?-

-Por…problemas familiares- su voz se tornó serena. Sabía qué estaba tratando de hacer.

-¿Qué clase de problemas?-

-No tengo porque discutirlos con usted- la presa se volvió depredador. Su rostro se tornó inexpresivo y su mirada tímida se convirtió en desafiante, incluso pude ver como sus labios formaban una retorcida sonrisa. Supo cómo evitar mi pregunta.
Sin duda su belleza se equiparaba con su inteligencia. Rápidamente entendió que quería ponerla en una encrucijada para que confesara y no darle tiempo para armar una historia. Vi la imposibilidad de seguirla cuestionando.

-Soy el detective Chávez, estaré al frente de la investigación. Se te citará para declarar pronto- y diciendo esto di media vuelta y me interné en el departamento.
Podría haber algo más que la incriminara, un cabello, saliva, sangre, algo. En ella no vi herida alguna, ningún rasguño o moretón, al menos no en manos, cuello o cara. Los brazos, sin embargo, los traía cubiertos por un saco negro; si ahí había algo no podía verla. Tendría que citarla lo más pronto a declarar para que no se borrara ninguna huella si es que tenía alguna, en un día caluroso de preferencia para evitar que acudiera de manga larga y cuello alto. Debía hallar en ella algún descuido.

El cuerpo ya estaba empaquetado en la acostumbrada bolsa negra y la policía había decomisado los objetos útiles para la investigación. Pude ver en la cara de Morales la malicia satisfactoria que tiene el ladrón al pillar algo y saber que no será atrapado mientras salía de la habitación. Me encargaré de él después.

La tranquilidad fue interrumpida cuando la mujer de ojos esmeralda irrumpió en el departamento. Por unos segundos se quedó paralizada observando la bolsa negra que resguardaba el cuerpo del hombre que amó los últimos tres años. Parecía que las lágrimas volverían a desbordar por su rostro, pero fueron contenidas en el borde del párpado inferior. Ágilmente esquivó a los hombres que trataban de contenerla y llevarla fuera. Corrió a la habitación de Julio, de un empujón logró mover los casi 100 kg de Morales y se internó por medio minuto en el cuarto. Salió con el rostro encendido, coloreado de rojo. Dirigió su mirada hacia mi, sentía como su odio penetraba mi cuerpo, sentía como si quisiera disolverme.

-¿Dónde está el reloj de su padre?- vociferó con todo el odio que pudo proyectar.

-¿Qué reloj?-

-El reloj de oro de su padre. Siempre lo guardaba en el cajón superior del mueble en su cuarto y no está ¿por qué lo han agarrado?-

Observé de reojo a Morales, su respiración se intensificó y su rostro se volvió pálido y sudoroso.

-Le aseguro que no hemos tomado nada que no sea relevante para esta investigación- mentí.

-El reloj lo traía puesto, está en la bolsa junto con el cuerpo- contestó Morales.

-No es cierto- aseguró ella.

¿Cómo sabe? ¿Acaso este pequeño arrebato será mi oportunidad para incriminarla? El hecho que ella sepa que no lo traía implica que lo vio antes. Era mi momento de atacar, de presionarla al límite para que confesara.

-¿Cómo sabes que no lo traía?-

-Él nunca lo usaba-

-Tal vez hoy decidió ponérselo-

-Julio era una persona obsesiva y metódica, no cambiaría su patrón sólo porque sí-

Tenía un análisis de su novio, aunque después de tres años era de esperarse, conocía todos  los detalles de su vida.

-Tal vez quiso darte una sorpresa-

-Tal vez-

Durante toda la conversación no tartamudeo, no dudó, fue firme y serena.

-¿Dudas de tu novio?-

-No tengo porque discutirlo con usted- otra vez la misma respuesta.

Cada vez estaba más convencido de que ella estaba relacionada con el crimen, necesitaba encontrar los motivos y forzar una declaración.

Ante la aparente imposibilidad de lograr que dijera más en esta ocasión y por lo informal de la situación, le supliqué que abandonara el lugar prometiéndole regresar el preciado reloj si era hallado. Es cierto que en la muñeca del hombre no había nada y, por la actitud sospechosa de Morales, estaba seguro que él lo había tomado. Bien. Me podría servir en algún momento, quizá podría sacar ventaja de tener ese objeto en mis manos.

Me acerqué a Morales y en voz baja y lo más cerca que pude estar de él le dije -entrégame el reloj-

De la bolsa del pantalón sacó la joya de oro. Un trabajo exquisito y monetariamente muy valioso, bien podría salir de su venta unos 40 o 50 mil pesos. Era el caso de esta prenda que su valor sentimental era superior al bursátil y eso lo hacía relevante en la investigación. Al observarlo con detenimiento noté una mancha púrpura en la correa, una mancha de sangre fresca. Morales no había mentido, si lo halló en el cuerpo pero lo decomisó para beneficio propio.

-Lo retiraste antes de que llegáramos-asintió con su globosa cabeza sin poder expresarse verbalmente, quizá por la culpa o por el miedo de ser reportado una vez descubierto -esto queda entre nosotros- le aseguré, después de todo regresó la pieza.

Entonces lo traía puesto. Esto me tiraba mi sospecha sobre Valeria. Ella había dicho que no lo llevaba puesto. O tal vez armó todo el teatro para, otra vez, desviar las sospechas de ella. ¿Realmente podía ser tan perversa esa mujer?

Nos retiramos del lugar una vez terminado el proceso de recoger el cuerpo y demás datos de evidencia.

La prensa amarillista ya se hallaba afuera del edificio, no esperaba menos. Al final de cuentas se trataba del asesinato de un joven actor de televisión.

Recientemente había hallado la fama, su rostro se hallaba en toda clase de comerciales y ahora se encontraba cubierto por plástico opaco. Su fama fue efímera como su vida.

Me negué a proporcionar declaración alguna a los medios de comunicación y me dirigí sin tropiezos a mi oficina. Prendí la computadora y entré a internet. En la sección de noticias recientes, un encabezado captó mi atención. «Muere el joven actor Julio Herrera a sus 27 años de edad apuñalado por su novia». Aquí 10 de sus mejores momentos en televisión. Otro aún más impactante rezaba «Apuñalan al actor Julio Herrera, su novia como principal sospechosa».

Entonces no era el único que creía que había sido ella, pero ¿quién habrá dado esa información? Tal vez internet y las páginas de espectáculos podrían proporcionarme alguna pista, algún paparazzi que haya captado a Julio discutir con su novia o algún infiltrado chismoso que asegure que tenían problemas o si alguno de los dos tenía conductas violentas.

Nada. Dos docenas de notas describiendo lo perfecta que era la relación de ambos, ella una magnifica abogada y él un promeniente actor, se les captaba constantemente comiendo juntos, besándose sin miedo de la cámara indiscreta, tomados de la mano en la playa o algún parque de la ciudad. Unos cuantos rumoraban la posibilidad de una boda pronto. Una pareja común, un par de enamorados que entregaban su vida el uno al otro y a su trabajo.Ya tendría tiempo de buscar alguna pista que me dijera el motivo de porqué ella lo había asesinado.

Accedí a la sección de clima y vi los pronósticos de los días siguientes. En dos días tendríamos 28° C, una temperatura poco usual en esta época del año. Sería bastante caluroso como para usar manga larga, sería mi oportunidad para citar a Valeria. Tenía que llenar mi informe, crear el expediente, recabar toda la información útil y analizar los hechos. Tenía que estar preparado para obligarla a confesar.

 

El Asesinato de Julio Herrera. Capítulo 1

Por @joshtaverita

Una gota, otra más, una tras otra manchaban de escarlata el suelo debajo de mí. Mi visión se tornaba borrosa, apenas podía distinguir la silueta sosteniendo en su mano izquierda el cuchillo manchado de mi sangre fresca, emanando un aroma a hierro oxidado combinado con sal. Mi respiración se tornó pesada, inconstante, ruidosa; sentía una inmensa resistencia por parte de mis pulmones para permitir que el aire entrara libremente en ellos, mi corazón retumbaba fuerte, deprisa y agónico.

No podía creer que lo haya hecho. ¿cuál fue el motivo? Eso no lo sabré, moriré con la incertidumbre. Moriré viendo como una mujer tan bella, buena y compasiva, se tornó de pronto en una asesina a sangre fría. Su sonrisa, que alguna vez emanó júbilo, esperanza y cariño, ahora era amarga y lúgubre.

-Tú lo pediste Julio Herrera- dijo con un tono de voz sádico que se me hizo desconocido- Tú me pediste que lo hiciera.-

Es cierto, yo lo pedí.

Exhalé.

Un crimen pasional. Fue lo primero que pensé al ver la escena del crimen. El patrón aleatorio de las más de 20 apuñaladas me daba una pista. Fue alguien conocido, eso es seguro, la puerta no parecía hacer sido perpetrada violentamente, no se apreciaban huellas de lucha. El sujeto de unos veinte y algo de años, se encontraba en una esquina sentado, sin vida, bañado en su sangre y en su fría y rígida mano, el teléfono por el cual había pedido auxilio. Menos de 20 minutos había tardado la policía en rastrear la llamada, informar a la unidad más cercana y acudir al departamento para encontrar el cadáver que ante mi se presenta, en la misma posición, congelado en el tiempo. No alcanzaron a escuchar su último suspiro o a ver a algún sospechoso. Murió sin saber que la ayuda había llegado, tarde, pero ahí estaba.

Cientos de fotos ya habían sido tomadas de cada rincón, mueble y objeto dentro del lugar. No parecía faltar nada, no había desorden que orientara a un intento de robo, al contrario, la casa estaba impecablemente ordenada, algo poco común en los jóvenes que viven solos, ni un libro fuera de lugar en los dos libreros de la pared norte, ni una mota de polvo en el comedor que invadía el centro de la habitación. Cinco fotos se hallaban en la pequeña mesa decorativa de la pared sur, seis personas diferentes figuraban en ellas, abuelos, padres, hermanos tal vez. Destacaba por su marco de plata, una fotografía de un hombre joven, vivo y alegre a lado de una muchacha de cabello oscuro, lacio, de tez blanca y ojos verdes. Ambos vestían de gala y por su forma de abrazarse podría pensarse que era su novia. Bien, una sospechosa.

-Morales- me dirigí al policía alto y gordo que había recibido la notificación de un crimen y que, por la proximidad, fue el primero en acudir – ¿qué fue lo que te informaron exactamente antes de acudir a este lugar?-

-Me hablaron por el radio- tenía una voz muy chillante, como si el sonido tuviera que atravesar una cuerdas vocales rígidas y paralíticas, entre cada palabra debía hacer una pausa breve para meter aire a sus pulmones poco distensibles secundario a la poca movilidad diafragmática consecuencia del prominente abdomen -me dijeron que había un K5 por un Z2-

-Sin claves Morales-

-Perdón jefe- su cara se tornó violeta, combinación de su perpetuo tono azul y el rubor desencadenado por la orden- me dijeron que había una emergencia por un lesionado en esta dirección,  al parecer el sujeto llamó a emergencias y pidió apoyo, argumentando que había sido apuñalado en su domicilio y necesitaba urgentemente ayuda. Se informó de la posible necesidad de una ambulancia, la cual llego minutos después de que nuestra unidad arribara al lugar. Aquí encontramos al hombre ya muerto y el equipo paramédico no pudo ofrecer algún tratamiento-

Con esta información, busqué con la mirada la base del teléfono inalámbrico. Estaba a poco más de cinco metros de distancia del cuerpo, no se veían rastros de sangre en ninguna otra parte del piso más que el lago que se formaba a su alrededor. Evidentemente él no cambio de lugar en ningún momento, no se movió a través del apartamento, no se veían manchas en los muebles de alrededor que sus manos pudieran haber dejado al tomar el teléfono, o algún otro objeto de ese lugar. Tal vez él ya tenía el teléfono en la mano, tal vez estaba a punto de marcar a emergencias cuando el atacante en un acto desesperado, decidió arrebatarle la vida. Sólo tal vez.

-¿Alguien ha hablado con los vecinos? ¿Alguno escuchó algo?- pregunté.

Gutiérrez, el compañero de Morales fue quien contestó -nadie lo ha hecho, hay algunos vecinos esperando afuera-

Como es natural en una escena de crimen, se reúne una multitud de curiosos tratando de saciar su morbo, queriendo ser los que tengan la primicia para tener algún tema de conversación con el marido, la comadre, el compadre o la suegra. Quizá en el fondo, a las personas les gusta ver los homicidios porque les hace sentir felicidad de que esta vez no fueron ellos, les da una falsa ilusión de poseer un cuerpo inmortal al ver uno perecedero.

Salí al pasillo no sin antes echar un nuevo vistazo al marco de la puerta. Sin raspones o rupturas, la puerta de caoba demasiado gruesa para romperla. Definitivamente el atacante entró con autorización.

Una señora de unos 60 años y metro y medio de estatura aguardaba en primera fila el reporte oficial, tenía la mirada llena de curiosidad.

-El muchacho que vivía aquí fue asesinado- dije. Una falsa expresión de sorpresa y tristeza se apoderaron del rostro arrugado de la mujer -Soy el detective Alfredo Alonso y voy a estar investigando el caso ¿alguno de ustedes escuchó algo?-

-Nada- contestó rápidamente la anciana buscando un poco de protagonismo- ni un grito, golpe o sonido extraño-

-Yo sí escuché algo- contradijo un señor igual o incluso mayor que la anciana -yo vivo en el departamento de enfrente, en estas casas tan pequeñas se escucha cada movimiento que haces a través de las paredes. El muchacho llegó poco después de pasado medio día y desde entonces sólo se escuchó música proveniente de su departamento-

-¿Música? ¿se escuchaba como que había más gente con él? ¿hacía mucho ruido?-

-No, para nada. Se escuchaba música tranquila, melodías de piano y violín generalmente. Siempre que traía a su novia las ponía-

-¿Tenía una novia?- recordé a la mujer de la foto.

-Bueno, supongo que era su novia, él no hablaba mucho con nosotros. Una muchacha, muy guapa por cierto, de más o menos la misma edad que él, venía seguido a visitarlo. Nos habremos encontrando y saludado un par de veces en las escaleras-

-¿Cómo es ella?-

-Muy guapa, de cabello largo, lacio y oscuro, con unos impresionantes ojos verdes- definitivamente la mujer de la foto.

-¿Alguien vio si entró con ella hoy?- negaron al unísono. Al menos ahora sé que es posible que ella haya estado con él y que sea la culpable.

Regresé al interior del departamento tras despedir a los vecinos y suplicarles que regresaran a su casa. Justo antes de marcharse la anciana que había estado impacientemente por enterarse de los hechos me ofreció su ayuda si era necesaria, quería saber quién había sido el asesino, igual o más que yo.

Al entrar revisé el estéreo que reposaba sobre uno de los libreros. A un lado hallé la caja vacía de un disco. “Piano comfort” se leía en la portada, una recopilación de melodías interpretadas únicamente en piano de diversos artistas al parecer. Me llamó la atención un cuaderno de pasta azul encima del estéreo. Al tomarlo se abrió instantáneamente en una página separada por una pluma.

En la página lucía la tinta que parecía fresca leyéndose: “ella lo hará, por amor o por celos pero lo hará”.

¿Se referirá a su asesina?

-Señor, hay una mujer preguntando por el joven- interrumpió Morales.

Una mujer.

Me acerqué a la puerta deprisa para abrir y encontrar tras el marco, a una mujer de cabello largo y oscuro, con ojos verdes rodeados de un rojo intenso, del rojo que precede a las lágrimas.

-¿Dónde está Julio?- preguntó entre sollozos.

Era ella. La mujer de la foto.

La Visita (Ficción)

Por @joshtaverita

¡Ha regresado, ha regresado!, está aquí otra vez, volvió. Se presentó otra vez como hace mucho no lo hacía, volvió con su sombría presencia que te ahoga hasta sucumbir ante la incertidumbre. Regresó pisando fuerte, más enérgica que la última vez, envolviendo todo a su alrededor. Sí, no cabe duda que es ella, ¿cómo olvidarla?

El miedo de volverla a ver se extendió por mí, no la hubiera imaginado otra vez conmigo, pero ya estaba aquí, abrió la puerta con la llave que yo le había dado, ella siempre tenía acceso a mi vida cuando era necesario. Ella que no escondía nada y nada se le escapaba, así era ella, tan oscura y agobiante, se disfrazaba de buena para atraparte, solamente ella.

Llegó y se sentó a mi lado, y como los viejos conocidos que somos, me saludó de beso y mano. Se reía de mí descaradamente, burlándose de mi absurda idea de no volverla a ver, porque ella siempre regresa. Me rodeó con sus brazos y me apretó fuerte hacia ella, pues sabía muy bien que iba a permanecer un largo tiempo ahí. Me consoló diciendo que ella era la única amiga que siempre tendré, la que iba a estar ahí cuando los demás se fueran, siempre. Recolectó mis lágrimas como trofeo, secó mi frente con su manto negro, enredó sus frías manos por los mechones de mi pelo y altiva e imponente cerró una vez más la puerta para que nadie, más que ella, pudiera entrar. La ocasión no ameritó presentación, nos habíamos visto tantas veces en diferentes ocasiones, ella sabía muy bien quien era yo y yo sabía muy bien quien era ella; era la Soledad.

La Mujer (ficción)

Por @joshtaverita

El suave calor matinal empezaba a inundar la habitación y la luz que traspasaba la cortina se recostaba a lado de un cuerpo femenino. La sábana de algodón blanco enrollada en su cuerpo se deslizó lentamente  por su pecho, su abdomen, su pelvis, sus piernas, para terminar a los pies de la cama.  Su pelo ondulado, castaño y largo se alborotó ligeramente cuando se incorporó. Pasó las manos por las enredaderas en su cabeza y lo acomodó distraídamente, mientras recordaba alegremente la fecha. Hoy le vería.  Caminó grácilmente al espejo sobre el pequeño buró de madera colocado en la pared más lejana de la habitación, miró detenidamente su reflejo: los años empezaban a ocupar su rostro, su tercera década se le iba entre los dedos sin poderla detener y, a pesar de todo, ella era hermosa, su rostro marmoleo pintado por Leonardo, sus ojos claros semejaban dos piedras preciosas, sus labios eran el sueño de un poeta y su cuerpo tallado por Miguel Ángel.
-Hoy es el día- se repitió como siempre que él iba.
Se dirigió a la bañera y mientras la llenaba con agua caliente que perfumaba el cuarto con esencias florales, se quitó el leve  camisón de seda que cubría su cuerpo.  Miró su cuerpo desnudo y pensó en todos los hombres que la habían deseado, que darían todo por tocar su cuerpo, pero ella solo quería a uno. Sumergió su cuerpo y sus pensamientos y dejó que se disolvieran.
Eran pasadas las seis de la tarde cuando él tocó a la puerta. Ella llevaba puesto un vestido turquesa que resaltaba su contorno, un tenue toque de maquillaje en los ojos y un seductor color rojo cubriendo sus labios, su pelo caía sobre sus hombros detenido por un listón sobre su cabeza y despidiendo el encantador aroma de un perfume francés. Él entró en la habitación ávido de calor, sus manos delinearon su rostro y posó sus labios en los de ella.
Vino rojo en copas de cristal para acompañar la cena, rosas blancas en cada una de las habitaciones para perfumar el ambiente y en la habitación, un par de sábanas blancas de seda nuevas acariciando los cuerpos de los amantes.
Poco antes de las diez de la noche él devolvió el traje y la camisa a su cuerpo y se decidió a abandonar la habitación, mientras ella seguía con nada más que el perfume tendida en la cama.
-Quedate hoy-  ella suplicó.
-Debo volver con mi familia y lo sabes- contestó sin dudar. Se inclinó sobre ella y con un beso en la frente la despidió.
Ella se quedó sola. Como siempre. Desnuda y vulnerable contempló el cuarto vacío y a lo lejos no encontró su reflejo observándola a través del espejo.  Sabía que eso pasaría, pero no perdía la esperanza de que algún día él se quedara la noche.
-Un día yo seré su esposa- se mentía una y otra vez.
Y mientras la noche avanzaba, las lágrimas la sumergieron de nuevo a un sueño, un sueño donde ella no era la otra mujer.

Hoy decidí morir (ficción)

Por @joshtaverita

Cuando lo propusiste acepté; decidí morir por tu mano.
Me viste indefenso y destrozado y como un rey dictaste sentencia por nuestro pasado. Señalaste con tu índice inquisidor los defectos y errores que por amor se habían cometido, enumeraste las veces que había fallado y declaraste que era la peor persona que había cruzado tu camino.
Te crees alteza perfecta que no ha cometido pecados ni crímenes, pero no eres más que un Dios imperfecto, que se mofa del cuerdo cuando su locura le dice que está trastornado.
Si mis crímenes has juzgado, juzga ahora tus pasiones que deliberadamente lastimaron mi alma, castígate por tu vanidad lastimera, por la avaricia que tienes por el amor de los demás y por la ira que descargas sin piedad.
Señor poderoso que sin trono prentendes gobernar, en tus manos mi vida se encuentra atada. Te aprovechas de mi debilidad. En este palacio de geometría perfecta, donde se forja el corazón de los mortales, dictas sentencia con tu mano sobre mi espalda y tu aliento rozando mi mejilla. En voz serena y ceremonial, como los sacerdotes que realizan el rito sagrado, pronuncias la pena que he de purgar.
-impío amigo, has perjurado en mi contra, con ese amor impuro has dado tu vida por mi, pero ¿que no ves que en este mundo entregar el alma no es correcto? Somos pragmáticos, nos interesa la utilidad de las personas y no su amor, nos interesa mientras nos sirve, pero cuando el sirviente quiere el mismo trato protestamos por su atrevimiento. Tú que me has visto como un Dios benévolo te atreves a pedirme un trato similar ¡que imprudencia!
Y ahora que te veo aquí, tan frágil, que con un sólo movimiento de mi mano te quiebras, no tengo más remedio que salvarte de tu purgatorio terrenal y liberar tu alma de ese cuerpo inútil.
Y así, en el borde de la más alta escalera esperaba  mi muerte y sin cambiar mi semblante acepte el sacrificio.
-Hazlo-

Los Amores Casuales (ficción)

Por @joshtaverita

Unos ojos tan verdes, tan puros, me observaban a través de la multitud. Enigmática y a la vez inocente atraía mi atención. Fue quizás un segundo lo que bastó en el que nuestros ojos se enfrentaron para que surgiera un impulso ascendente y brumoso de pasión descontrolada. Mi cuerpo buscó con frenesí estar más cerca del suyo, como un náufrago sediento intentando aproximarse a una fuente de agua cristalina. Mi corazón se aceleró, retumbando fuerte contra mis costillas, impidiendo que mis pulmones absorbieran el aire de alrededor. Su labio inferior desapareció entre sus dientes y me proclamó una sonrisa que sentí como mandamiento.
Usé todos los músculos de mi cuerpo para llegar a ella, para contemplar su rostro cerca del mio. Frente a frente. Llevó su mano a los rizos que caían gentilmente sobre su rostro, el olor del tabaco emanaba de su piel tentándome  aún más.
Busqué impaciente su boca y coloqué mi mano en su suave rostro.
– Me estas tentando- le dije.
– Y ¿eso es malo?- respondió, acortando la distancia entre nuestros labios y sin más que decir o pensar la besé un segundo, una hora, una vida.
Un beso sencillo y sincero, un beso de amantes que han estado juntos en diversas vidas, un beso que mataba y revivía. Fue un simple beso, sin charlas, sin prejuicios, sin mentiras, un simple beso que podía secar los mares e inundar los desiertos. Mi aliento se desvaneció y mi cuerpo se entumeció, no podía liberarme de su encanto. Tomé su cabello entre mis manos, deslizando mis dedos entre sus suaves hilos. Siguió el beso, siguió mi sangre acelerada liberando adrenalina, mi piel se erizo y mi mente se apagó.
Y de pronto se desvaneció.
La sentí evaporarse entre mis brazos, su cuerpo ya no estaba cerca del mio, su aroma se diluyó en el viento. Fue un beso de una vez en la vida, de una noche que se prolongaría por la eternidad.

El Café de las 5 (ficción)

Por @joshtaverita

El café en la esquina de Madero fue el punto de reunión. Llegué 15 minutos antes de lo acordado a mi encuentro con ella. Mientras esperaba su llegada pedí mi habitual café americano. Era un lugar íntimo, a propósito escogido para nuestra reunión, apenas tres mesas de madera y metal con un par de sillas cada una amueblaban el lugar, un librero con la obra de reconocidos autores mexicanos tapizaba la pared este, del lado opuesto y al frente, grandes ventanales separaban la calle del interior. Escogí la mesa pegada al muro de cristal, podía perderme en el cielo azul por horas. Era un día especialmente despejado y soleado, la luz de las 5 de la tarde  entraba como hilos por la ventana. Un hombre de unos veinte y tantos era el único otro cliente, sostenía un libro prestado del estante, tomaba en pequeños sorbos su café y de vez en vez le daba una fumada a su cigarro, vestía una chamarra café de piel, camisa blanca, pantalones de mezclilla, botas y un sombrero de pajilla. Alzó su mirada en mi dirección y, haciendo un gesto entre sonrisa y gruñido, dejó su puesto para ocupar la silla vacía en frente de mi.
Puso el libro sobre la mesa, Anton  Chejov alcancé a leer. No dijo ni una palabra, no emitió una presentación, sólo se quedó observándome fijamente a los ojos, dibujando una sonrisa torcida en su rostro. Intenté romper el silencio y hacer introducción adecuada, pero apenas había movido mis labios un centímetro cuando alzo su mano extendida pidiendo que parara. Su poder autoritario e hipnótico suprimió mi deseo. Torné mi atención a él, su aspecto, se veía joven y ágil, parecía que pasaba horas ejercitándose a diario, sus ojos eran de un profundo café, su cabello castaño se escapaba en rizos por las orillas de su sombrero y su labio inferior estaba atrapado entre sus dientes. Buscaba intensamente mi mirada, que yo trataba de evitar. Cedí, súbitamente nuestros ojos se encontraron y se mantuvieron fijo por lo que pareció horas. Un momento después tomó el último sorbo de su café, regresó el libro a su lugar y salió del lugar. Lo vi mientras caminaba calle abajo a paso ligero. Salí tras de él, lo alcance apenas a un cuarto de calle tratando de llamar su atención sin éxito hasta que logré rebasarlo y ponerme frente a frente.
-¿qué ha sido eso?- pregunte enfadado y francamente confundido -¿cómo puedes manipular con una mirada y después marcharte sin decir una palabra?- la agitación me dejó sin aliento.
Sereno y con una sonrisa que dejaba relucir las dos hileras de sus dientes contestó:
Querido amigo te equivocas si piensas que no hemos dicho nada, hemos dicho todo, conozco tus más privados secretos y tus más profundos miedos, tus ambiciones y tus esfuerzos, tus dichas y tus desgracias, sé todo de tu vida y tu de la mía, pues hemos compartido un momento íntimo en silencio, vimos más allá de nuestro ser físico, toqué tu alma y tu la mía, vivimos una relación de años en segundos y ahora es momento de que yo parta, de que no mires atrás, por que estábamos destinados a compartir un momento y luego desparecer uno de la vida del otro.
Y sin más se marcho.

 

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