No quiero dormir solo (Historia #2)

Por @joshtaverita

Fuego, un gran amigo y mejor cuando enciende el humo que calienta mi interior.

– ¿Otro cigarro?- preguntó ella mientras se acomodaba el corsé.

– Uno tras otro si es necesario- contesté, estaba harto que me criticara por esto.

– Morirás joven- me aseguró.

– Esa es la idea-

Se acercó lento a mí, seductoramente moviendo su cuerpo, ampliando sutilmente el escote de su pecho. Se sentó con las piernas abiertas sobre mí y dejó que su pelo acariciara mi rostro inundándome de un perfume dulce y penetrante.

– Déjalo esta noche- acercó sus labios a los míos –por mí-

– Ya hemos hablado de esto- la tomé de la cintura bruscamente – no te pago para que me des lecciones sobre lo que hago mal en mi vida-

Quitó mi mano y se levantó molesta. Se alejó de mí haciendo todo el ruido posible con sus enormes tacones. Por un segundo creí haber herido sus sentimientos, pero una prostituta no ama a sus clientes, los complace, los calienta, los enfría, cumple los bajos deseos del hombre y llena la soledad de la persona, pero no ama a nadie más que a ella misma.

Ella no era la excepción.

Ella podía levantar la mirada de cualquier hombre. Podría tener a cualquier hombre a sus pies, cumpliendo los caprichos de una princesa gitana, podría manipular hasta al más astuto con una sola sonrisa, podría volver asesino al santo y santo al mismísimo demonio. Y lo hacia. Muchas veces la vi obligando al incauto a pagar más de la cuenta, a obsequiar joyería costosa, diamantes a granel, incluso sé que la muerte de su antiguo padrote no fue accidental.

Era malvada, caprichosa y muy hermosa. Tenía una vida llena de lujos, una cartera de clientes influyentes, ricos y poderosos, pero siempre volvía a mí. Yo no cumplía las características de sus demás amantes, no era rico, menos poderoso, sólo ofrecía la cuota convencional, la misma que cobró hace muchos años atrás la primera vez que nos vimos, cuando empezaba su carrera y la avaricia aún no corrompía su espíritu.

La conocí en una esquina, como buena prostituta inexperta se paraba tímidamente recargada sobre un poste de luz, esperando que los hombres entendieran el lenguaje corporal y se acercaran a ella. Así me atrapó. La vi demasiado inocente para la gran tarea que pretendía realizar, en sus ojos, oculto tras el maquillaje, se visualizaba el miedo. La primera vez que le hablé su voz se entre cortó, llevaba apenas unos días en el negocio, buscaba desesperadamente la protección de su jefe. El hombre de unos 40 años la vigilaba a la distancia.

Nuestra primera tarde juntos quedé cautivado por su energía, por su fuerza, era la de una mujer mayor en el cuerpo de una joven de apenas 19 años.

– ¿Qué vas a querer hoy?- me trajo de vuelta a la realidad con estas palabras.

– Lo que quieras está bien-

– Tú dime, eres el cliente, eres el que paga- contestó agresiva -¿quieres que baile? ¿Que me desvista?-

– Quiero que no estés molesta-

– No me molesto- dijo- soy una prostituta, estoy acostumbrada a los malos tratos-

– Yo jamás te trataría mal-

– Eres igual a los demás, sólo me usas como consuelo- definitivamente estaba molesta – me hablas cuando te sientes solo, lo cual ocurre muy seguido-

-Lu-

-No me digas Lu-

– Vanessa- corregí –no eres cualquier persona para mí, no eres una prostituta más y yo no soy un cliente más para ti. Los dos lo sabemos-

– Sergio, no trates de convencerme como si fuera tu novia, entre tú y yo es únicamente negocio- podía sentir su respiración en mi rostro.

– Entonces porqué tiemblas cuando te beso- y la besé, la besé con la intensidad con la que lo hice la primera vez, la besé hasta olvidar quiénes eramos, qué hacíamos ahí, hasta olvidar quién era el cliente y quién el empleado.

Desnudé su cuerpo y recorrí su contorno con mis labios. Acaricié y disfruté cada parte de su anatomía. Me hundí en su mar y dejé que me hiciera flotar.

– Hazme sentir que no soy un objeto más- me dijo con la voz entrecortada.

– Hazme sentir amado- le contesté.

Dejamos que las horas pasaran. Que la oscuridad de la noche se rompiera por el primer rayo de sol.

– ¿Te vas?- le pregunté con un nuevo cigarro en mi mano.

– Sabes que tengo que irme-

– Quédate conmigo lo que queda de la noche-

– No puedo, tengo otros compromisos que atender-

– ¿Otros clientes que ver?- ataqué.

– Sí, unos que pagan más que la cuota mínima-

– Te pago- dije desesperado- te pago lo que pidas, te doy todo lo que tengo, pero no te vayas-

– ¿Cuánto es lo que tienes?- me preguntó soberbia.

– No mucho-

– Entonces ¿qué me vas a dar?-

Nada. No tenía nada material que ofrecer. No podía ofrecer coches, joyas o casas. Tenía un trabajo mediocre de oficina, ganaba lo mínimo indispensable para subsistir, no podía ofrecer mucho. Pero podía ofrecerle algo que nadie más: amor. Podría amar a esta mujer si no es que ya lo hacía.

– Nada- contesté. Ella no buscaba amor, de amor no se vive con lujos.

– Eso pensé- terminó de vestirse en silencio mientras yo tomaba mi cartera del pantalón y sacaba el dinero para pagar por su servicio.

Cada que la veía irse sentía cómo se reinstauraba el vacío de mi pecho. Mientras se alejaba de mí a los brazos de otro hombre, yo ansiaba la oportunidad de volverla a ver.

Extendí mi mano con el dinero en ella y se lo ofrecí. Ignoró completamente mi gesto.

– Ésta vez va por la casa- dijo y salió de la habitación.

Aventé el dinero lejos de mi, me hacía sentir estúpido. Ella no quería nada de mí, ni mi dinero.

Un cigarro tras otro fui consumiendo la cajetilla, poco a poco el humo inundó el cuarto disminuyendo el oxígeno, disminuyendo mi estado de alerta. El sueño empezó a inundar mi cuerpo y lo combatí pensando en ella. Era lo único que quería pensar, era lo único que llenaba esta soledad sempiterna.

Ella había causado gran impacto en mí desde que la conocí. Deseaba intensamente hacerla feliz, cumplir todos sus caprichos y sus sueños. Quería que dejara ese trabajo y a esos hombres.

Me deje invadir por el cansancio, por la tristeza y empecé a sucumbir ante el sueño. Quería tenerla a mi lado. Entre las sábanas, que aún olían a ella, traté de contener los pedazos de mi alma para sobrevivir un día más. Traté de dormir deseando no despertar porque la verdad era que no quería estar sin ella en esa cama demasiado grande para uno. La verdad es que no quiero dormir solo.

No quiero dormir solo (ficción)

Por @joshtaverita

No quiero dormir solo y a veces pienso que no hay remedio. No quiero despertar solo y creo que así será. 

El sonido de la lluvia, un cigarro y de fondo el ruido de la música electrónica eran mis acompañantes. Salí a disfrutar de mi vicio después de un par de tragos. Llevaba ya un tiempo abandonado en el lugar, los canallas a los cuales llamaba amigos me habían abandonado para compartir noche y cama con algún desconocido a pesar de que habíamos acordado permanecer juntos, pero no hay nada que hacer cuando la testosterona inunda la cabeza. Quería desde ese momento abandonar el lugar y dirigirme a mi solitaria habitación, pero la torrencial lluvia me impedía llegar a mi automóvil e incluso si lograba pasar a través de ella, la intensidad de las gotas me impediría avanzar por la ciudad.

Así que me encuentro solo, decepcionado y con frío.

Una pareja se unió a mi vicio, embriagados de alcohol y de amor que dura menos que el efecto del licor. Uno de ellos me pidió fuego, el cual le concedí dejando clara mi incomodidad con una mueca. Pareció no notarlo. Mi cigarro y mi paciencia se agotaron en el momento en que los besos se intensificaron y la mano de ella se perdía dentro del pantalón de él. La lluvia sería mejor amiga que este par de enamorados que olvidaron su pudor en la barra del bar. Para el momento que iba a avanzar el primer botón de la camisa de la mujer y un paraguas encima de mí se habían abierto. La sonrisa detrás de semejante amabilidad tenía además cara y cuerpo.

Hasta ese momento no lo había notado, lo cual demostraba la poca atención que prestaba a mi entorno, pues era poco probable que alguien de semejante estatura pasara desapercibido. Con el humo saliendo de su boca y mi mirada esforzándose por mirar algo más, me tomó del brazo y me acercó a él.

– Será difícil caminar entre la lluvia sin cubrirte, además no traes un abrigo que te proteja del frío, te puedes enfermar- traté de despejar mi mente para poder captar lo que me había dicho.

– Traigo un suéter en mi coche, no pensé que fuera a llover- alcancé a contestar.

– ¿Bromeas? Ha llovido toda la semana y el reporte del clima predijo lluvia fuerte por la tarde y por si eso no fuera suficiente, todo el día ha estado nublado- rió y mi molestia se mezcló con ansiedad. ¿Se estaba burlando de mí? Que arrogante hombre.

Sin decir nada me di la vuelta para internarme en la lluvia y una vez más tomó mi brazo y me atrajo cerca de él.

– Lo lamento- dijo – No quise ofender –

– No hay problema-

– Déjame acompañarte al coche-

– Estoy bien, no es necesario –

– Por favor- Y sus ojos me hicieron aceptar.

Caminamos por la primera cuadra en completo silencio. Estábamos muy cerca el uno del otro, el paraguas era muy pequeño para dos personas. El frío empezaba a generar temblor en mi cuerpo, el cual trataba de ocultar sin éxito. Al dar la vuelta en la segunda cuadra, mi acompañante pasó su brazo sobre mi hombro y me acercó a su calor. No dijo nada, mantuvo su seriedad y su vista al frente.

– No sé ni tu nombre – lo único que sabía es que era demasiado amable o posiblemente un asesino que engaña a sus víctimas con gestos gentiles. Empecé a generar un plan de escape.

– Christian- y ya. No preguntó el mío.

Continuamos en silencio hasta que visualicé mi automóvil, resaltaba por su llamativo color rojo.

– Ya es aquí. Gracias-

– Un placer-

– Andrés. Mi nombre es Andrés- claro, dale más información al asesino.

– Un placer Andrés – y dio la vuelta.

– ¿Cómo te irás?- ¿qué estás haciendo? No se te ocurra ofrecerte a llevarlo.

– Metro-

– ¿A esta hora?-

– Cierra a las 12-

– ¿Quieres que te lleve?- ¡pendejo!

– No es necesario, gracias- realmente esperaba que dijera que sí -pasa una buena noche- y se marchó.

Permanecí mojándome en la lluvia por unos segundos y después de entrar al coche, me mantuve viendo las gotas chocar contra el parabrisas por lo que pareció horas.

Arranqué y avancé lentamente por las calles hacia mi casa. Debía tener precaución extra por la lluvia y porque mi mente aún estaba concentrada en su sonrisa. Tres cuadras bastaron para verlo otra vez, aún caminando por la lluvia pero esta vez sin el refugio del paraguas. Me orillé unos metros adelante y bajé la ventanilla del copiloto.

– Te llevo al metro- grité demasiado fuerte.

– Está a unas cuadras-

– Me toca refugiarte de la lluvia- ¡que estupidez estás diciendo!

Lo pensó. ¡Lo pensó!

– Está bien- definitivamente si esto fuera una película criminal ya estaría muy muerto.

Se subió al coche demasiado pequeño para su estatura y se pasó la mano por el pelo desaliñado por la lluvia, salpicando pequeñas gotas en mi cara. Empezamos a avanzar.

– ¿Por qué estabas en el bar solo?- me preguntó. ¡Habló!

– Fui con unos amigos a la marcha y al bar después, pero me abandonaron porque encontraron otros amigos-

Silencio otra vez.

– ¿Por qué estabas tú solo?-

– Mis amigos se fueron con alguien más –

– Esa es mi historia- dije molesto ¿acaso se estaba burlando de mi?

– Eso no impide que también sea mi historia-

Silencio.

– ¿Y tu asombroso artefacto para cubrirte de la lluvia?- rió un poco con mi comentario.

– Se vió dañado con el viento-

Definitivamente este hombre no hablaba mucho.

No puedo con él.

El metro estaba enfrente de nosotros.

– Que pases buena noche- dijo y salió.

¡Eso fue todo! Lo vi bajando las escaleras hacia el subterráneo y mi ánimo se hundió también. Apagué el motor. No puedo. Bajé la cabeza y en el asiento vi un celular, su celular. Al alzar la cabeza lo vi regresar.

Esto me va a volver loco.

Abrió la puerta del conductor y se entró de nuevo al calor.

– Lo lamento- se disculpó – olvidé el celular y el metro al parecer está cerrado por la lluvia. Tendré que pedir un taxi.

– ¿Vives muy lejos?-

– Por la condesa- ¡perfecto me queda de paso!

– Te llevo- y sin esperar respuesta arranqué.

– ¿No te desvío mucho?-

– No, me queda de paso- y vas a la madriguera del lobo. Soy más pendejo que el hombre que escucha ruidos afuera de su casa y sale desarmado a ver si no es un ladrón.

En la condesa los bares ardían, el orgullo se celebraba en cada esquina que había. Me dirigió por las calles hacia su casa, en varias ocasiones emitió algunos comentarios sobre la gente que veía.

-¿Alguna vez has ido a la marcha?-pregunté.

– Cuando iba en la universidad. Mi mejor amiga me llevó. Quedé fascinado y asustado por los colores, el ambiente y la música. De entre la muchedumbre, un hombre que evidentemente había notado mi miedo me tomó de la mano y caminó conmigo durante todo el viaje. Esa noche fuimos a un bar y pasé la madrugada en su casa. Después de eso no volví a saber nada de él. A veces voy al bar al que me llevó ese día con la esperanza de volverlo a ver y darle las gracias por otorgarme la confianza que necesitaba para demostrar mi orgullo. Nunca lo he vuelto a ver.- al contar su historia me di cuenta de que era un hombre con sentimientos más intensos de los que demostraba. Definitivamente no era un criminal. – Mi casa es en la siguiente esquina- dijo y orillé el auto – Muchas gracias por traerme-

– ¿Hoy fuiste al bar a buscarlo?- pregunté antes de que bajara.

– Sí-

– ¿Y lo viste?-

– Sí, a lo lejos platicaba con un hombre mucho más joven que él –

– ¿Te acercaste a hablarle?-

– No, durante mucho tiempo pensé que verlo me haría sentir fuerte y seguro y hoy que por fin lo vi no sentí nada. Tal vez deba empezar a buscar esa fuerza y seguridad en mi y no en alguien más –

– Espero la encuentres- no supe que más decir.

– Buenas noches- salió del coche y por un momento pensé que de mi vida. Empezaba a aceptar la idea de que nunca más volvería a verlo cuando por imposible que pareciera, la lluvia empezó a incrementar de intensidad y un golpe en la ventana me sacó del ensueño.

– La lluvia se vuelve peor ¿por qué no te quedas esta noche? Puede ser peligroso que manejes- con su sonrisa de oreja a oreja me convenció.

El edificio era viejo pero bonito, amplio y frío. Sentía que mis huesos se congelaban.

– Vivo en el sexto piso y no hay elevador- me advirtió.

Al llegar al quinto piso, la opresión en mi pecho me impedía avanzar. Había vomitado un pulmón hacía dos pisos y hace uno mis piernas suplicaban piedad. No tenía condición para esto ni para nada, en parte era por la falta de actividad física y en parte por el consumo de 5 cigarros diarios desde los 16 años. ¡Maldito tabaquismo!

Llegué a su apartamento casi arrastrando. Traté de disimular mi cansancio pero mi respiración de perro me delató.

-¿Quieres un vaso de agua?- dijo en un tono burlón.

– Por favor- contesté entrecortado.

Su departamento era sencillo. Una sala pequeña con un televisor grande, una cocina donde apenas cabía él y un par de muebles, un comedor para dos y un cuarto para dormir.

– Bonita pantalla- realmente era demasiado llamativa por su tamaño.

– Se ve mejor el fútbol en una pantalla grande –

– ¿A qué equipo le vas?-

– Chivas-

– ¿Feliz por el campeonato?-

– Hace mucho mi equipo no me hacía tan feliz-

Traté de pensar que más decir pero mis conocimientos en la materia eran limitados.

– No eres fan del fútbol ¿cierto?-

– Sé un poco, mi papá y hermano son muy futboleros-

– Déjame traerte ropa seca- dijo mientras me ofrecía el vaso de agua.

Se internó en su habitación dejando la puerta abierta, se quitó la camisa dejando ver un tatuaje de mandala y unas cuantas cicatrices en su espalda. Una historia para otra ocasión. Regresó y me ofreció una playera y un pantalón secos. Me permitió pasar a su baño a cambiarme. El reflejo del espejo reveló el caos que había dejado la lluvia. Me arreglé lo más que pude y regresé con él. Lo encontré acomodando el sillón para dormir.

– Yo dormiré aquí, te ofrezco mi cama para que descanses – me sorprendió.

– No, yo me quedo en el sillón. No hay problema-

– Ve a dormir- dijo acercándose a mi y me dio un beso en la frente.

– No quiero dormir solo –

– ¿Por qué?-

¿Por qué?

Querría decirle que desde los quince años me sentía solo y que este sentimiento sólo había incrementado en los siguientes 10 años. Quería decirle que esta noche me sentí abandonado, triste y olvidado y que ésto cambió cuando él se ofreció a acompañarme. Quería decirle que sabía que él también se sentía solo, que él comprendía como me sentía. Quería decirle que con él no me sentía tan mal.

– Es tu cama- fue lo que dije.

– Yo te la ofrezco, es descortés que no aceptes- se recostó en el sillón – Buenas noches –

Me fui a la cama. El sueño me abandonó y sólo di vueltas en el colchón por algunas horas. Trataba de asimilar todo lo que había pasado cuando él entró a la habitación, se acostó a lado de mi bajo las sábanas y me abrazó atrayéndome a su calor.

-No quiero dormir solo – dijo y dejé que el sueño me inundara.

La Visita (Ficción)

Por @joshtaverita

¡Ha regresado, ha regresado!, está aquí otra vez, volvió. Se presentó otra vez como hace mucho no lo hacía, volvió con su sombría presencia que te ahoga hasta sucumbir ante la incertidumbre. Regresó pisando fuerte, más enérgica que la última vez, envolviendo todo a su alrededor. Sí, no cabe duda que es ella, ¿cómo olvidarla?

El miedo de volverla a ver se extendió por mí, no la hubiera imaginado otra vez conmigo, pero ya estaba aquí, abrió la puerta con la llave que yo le había dado, ella siempre tenía acceso a mi vida cuando era necesario. Ella que no escondía nada y nada se le escapaba, así era ella, tan oscura y agobiante, se disfrazaba de buena para atraparte, solamente ella.

Llegó y se sentó a mi lado, y como los viejos conocidos que somos, me saludó de beso y mano. Se reía de mí descaradamente, burlándose de mi absurda idea de no volverla a ver, porque ella siempre regresa. Me rodeó con sus brazos y me apretó fuerte hacia ella, pues sabía muy bien que iba a permanecer un largo tiempo ahí. Me consoló diciendo que ella era la única amiga que siempre tendré, la que iba a estar ahí cuando los demás se fueran, siempre. Recolectó mis lágrimas como trofeo, secó mi frente con su manto negro, enredó sus frías manos por los mechones de mi pelo y altiva e imponente cerró una vez más la puerta para que nadie, más que ella, pudiera entrar. La ocasión no ameritó presentación, nos habíamos visto tantas veces en diferentes ocasiones, ella sabía muy bien quien era yo y yo sabía muy bien quien era ella; era la Soledad.

La Mujer (ficción)

Por @joshtaverita

El suave calor matinal empezaba a inundar la habitación y la luz que traspasaba la cortina se recostaba a lado de un cuerpo femenino. La sábana de algodón blanco enrollada en su cuerpo se deslizó lentamente  por su pecho, su abdomen, su pelvis, sus piernas, para terminar a los pies de la cama.  Su pelo ondulado, castaño y largo se alborotó ligeramente cuando se incorporó. Pasó las manos por las enredaderas en su cabeza y lo acomodó distraídamente, mientras recordaba alegremente la fecha. Hoy le vería.  Caminó grácilmente al espejo sobre el pequeño buró de madera colocado en la pared más lejana de la habitación, miró detenidamente su reflejo: los años empezaban a ocupar su rostro, su tercera década se le iba entre los dedos sin poderla detener y, a pesar de todo, ella era hermosa, su rostro marmoleo pintado por Leonardo, sus ojos claros semejaban dos piedras preciosas, sus labios eran el sueño de un poeta y su cuerpo tallado por Miguel Ángel.
-Hoy es el día- se repitió como siempre que él iba.
Se dirigió a la bañera y mientras la llenaba con agua caliente que perfumaba el cuarto con esencias florales, se quitó el leve  camisón de seda que cubría su cuerpo.  Miró su cuerpo desnudo y pensó en todos los hombres que la habían deseado, que darían todo por tocar su cuerpo, pero ella solo quería a uno. Sumergió su cuerpo y sus pensamientos y dejó que se disolvieran.
Eran pasadas las seis de la tarde cuando él tocó a la puerta. Ella llevaba puesto un vestido turquesa que resaltaba su contorno, un tenue toque de maquillaje en los ojos y un seductor color rojo cubriendo sus labios, su pelo caía sobre sus hombros detenido por un listón sobre su cabeza y despidiendo el encantador aroma de un perfume francés. Él entró en la habitación ávido de calor, sus manos delinearon su rostro y posó sus labios en los de ella.
Vino rojo en copas de cristal para acompañar la cena, rosas blancas en cada una de las habitaciones para perfumar el ambiente y en la habitación, un par de sábanas blancas de seda nuevas acariciando los cuerpos de los amantes.
Poco antes de las diez de la noche él devolvió el traje y la camisa a su cuerpo y se decidió a abandonar la habitación, mientras ella seguía con nada más que el perfume tendida en la cama.
-Quedate hoy-  ella suplicó.
-Debo volver con mi familia y lo sabes- contestó sin dudar. Se inclinó sobre ella y con un beso en la frente la despidió.
Ella se quedó sola. Como siempre. Desnuda y vulnerable contempló el cuarto vacío y a lo lejos no encontró su reflejo observándola a través del espejo.  Sabía que eso pasaría, pero no perdía la esperanza de que algún día él se quedara la noche.
-Un día yo seré su esposa- se mentía una y otra vez.
Y mientras la noche avanzaba, las lágrimas la sumergieron de nuevo a un sueño, un sueño donde ella no era la otra mujer.

Hoy decidí morir (ficción)

Por @joshtaverita

Cuando lo propusiste acepté; decidí morir por tu mano.
Me viste indefenso y destrozado y como un rey dictaste sentencia por nuestro pasado. Señalaste con tu índice inquisidor los defectos y errores que por amor se habían cometido, enumeraste las veces que había fallado y declaraste que era la peor persona que había cruzado tu camino.
Te crees alteza perfecta que no ha cometido pecados ni crímenes, pero no eres más que un Dios imperfecto, que se mofa del cuerdo cuando su locura le dice que está trastornado.
Si mis crímenes has juzgado, juzga ahora tus pasiones que deliberadamente lastimaron mi alma, castígate por tu vanidad lastimera, por la avaricia que tienes por el amor de los demás y por la ira que descargas sin piedad.
Señor poderoso que sin trono prentendes gobernar, en tus manos mi vida se encuentra atada. Te aprovechas de mi debilidad. En este palacio de geometría perfecta, donde se forja el corazón de los mortales, dictas sentencia con tu mano sobre mi espalda y tu aliento rozando mi mejilla. En voz serena y ceremonial, como los sacerdotes que realizan el rito sagrado, pronuncias la pena que he de purgar.
-impío amigo, has perjurado en mi contra, con ese amor impuro has dado tu vida por mi, pero ¿que no ves que en este mundo entregar el alma no es correcto? Somos pragmáticos, nos interesa la utilidad de las personas y no su amor, nos interesa mientras nos sirve, pero cuando el sirviente quiere el mismo trato protestamos por su atrevimiento. Tú que me has visto como un Dios benévolo te atreves a pedirme un trato similar ¡que imprudencia!
Y ahora que te veo aquí, tan frágil, que con un sólo movimiento de mi mano te quiebras, no tengo más remedio que salvarte de tu purgatorio terrenal y liberar tu alma de ese cuerpo inútil.
Y así, en el borde de la más alta escalera esperaba  mi muerte y sin cambiar mi semblante acepte el sacrificio.
-Hazlo-

Los Amores Casuales (ficción)

Por @joshtaverita

Unos ojos tan verdes, tan puros, me observaban a través de la multitud. Enigmática y a la vez inocente atraía mi atención. Fue quizás un segundo lo que bastó en el que nuestros ojos se enfrentaron para que surgiera un impulso ascendente y brumoso de pasión descontrolada. Mi cuerpo buscó con frenesí estar más cerca del suyo, como un náufrago sediento intentando aproximarse a una fuente de agua cristalina. Mi corazón se aceleró, retumbando fuerte contra mis costillas, impidiendo que mis pulmones absorbieran el aire de alrededor. Su labio inferior desapareció entre sus dientes y me proclamó una sonrisa que sentí como mandamiento.
Usé todos los músculos de mi cuerpo para llegar a ella, para contemplar su rostro cerca del mio. Frente a frente. Llevó su mano a los rizos que caían gentilmente sobre su rostro, el olor del tabaco emanaba de su piel tentándome  aún más.
Busqué impaciente su boca y coloqué mi mano en su suave rostro.
– Me estas tentando- le dije.
– Y ¿eso es malo?- respondió, acortando la distancia entre nuestros labios y sin más que decir o pensar la besé un segundo, una hora, una vida.
Un beso sencillo y sincero, un beso de amantes que han estado juntos en diversas vidas, un beso que mataba y revivía. Fue un simple beso, sin charlas, sin prejuicios, sin mentiras, un simple beso que podía secar los mares e inundar los desiertos. Mi aliento se desvaneció y mi cuerpo se entumeció, no podía liberarme de su encanto. Tomé su cabello entre mis manos, deslizando mis dedos entre sus suaves hilos. Siguió el beso, siguió mi sangre acelerada liberando adrenalina, mi piel se erizo y mi mente se apagó.
Y de pronto se desvaneció.
La sentí evaporarse entre mis brazos, su cuerpo ya no estaba cerca del mio, su aroma se diluyó en el viento. Fue un beso de una vez en la vida, de una noche que se prolongaría por la eternidad.

El Café de las 5 (ficción)

Por @joshtaverita

El café en la esquina de Madero fue el punto de reunión. Llegué 15 minutos antes de lo acordado a mi encuentro con ella. Mientras esperaba su llegada pedí mi habitual café americano. Era un lugar íntimo, a propósito escogido para nuestra reunión, apenas tres mesas de madera y metal con un par de sillas cada una amueblaban el lugar, un librero con la obra de reconocidos autores mexicanos tapizaba la pared este, del lado opuesto y al frente, grandes ventanales separaban la calle del interior. Escogí la mesa pegada al muro de cristal, podía perderme en el cielo azul por horas. Era un día especialmente despejado y soleado, la luz de las 5 de la tarde  entraba como hilos por la ventana. Un hombre de unos veinte y tantos era el único otro cliente, sostenía un libro prestado del estante, tomaba en pequeños sorbos su café y de vez en vez le daba una fumada a su cigarro, vestía una chamarra café de piel, camisa blanca, pantalones de mezclilla, botas y un sombrero de pajilla. Alzó su mirada en mi dirección y, haciendo un gesto entre sonrisa y gruñido, dejó su puesto para ocupar la silla vacía en frente de mi.
Puso el libro sobre la mesa, Anton  Chejov alcancé a leer. No dijo ni una palabra, no emitió una presentación, sólo se quedó observándome fijamente a los ojos, dibujando una sonrisa torcida en su rostro. Intenté romper el silencio y hacer introducción adecuada, pero apenas había movido mis labios un centímetro cuando alzo su mano extendida pidiendo que parara. Su poder autoritario e hipnótico suprimió mi deseo. Torné mi atención a él, su aspecto, se veía joven y ágil, parecía que pasaba horas ejercitándose a diario, sus ojos eran de un profundo café, su cabello castaño se escapaba en rizos por las orillas de su sombrero y su labio inferior estaba atrapado entre sus dientes. Buscaba intensamente mi mirada, que yo trataba de evitar. Cedí, súbitamente nuestros ojos se encontraron y se mantuvieron fijo por lo que pareció horas. Un momento después tomó el último sorbo de su café, regresó el libro a su lugar y salió del lugar. Lo vi mientras caminaba calle abajo a paso ligero. Salí tras de él, lo alcance apenas a un cuarto de calle tratando de llamar su atención sin éxito hasta que logré rebasarlo y ponerme frente a frente.
-¿qué ha sido eso?- pregunte enfadado y francamente confundido -¿cómo puedes manipular con una mirada y después marcharte sin decir una palabra?- la agitación me dejó sin aliento.
Sereno y con una sonrisa que dejaba relucir las dos hileras de sus dientes contestó:
Querido amigo te equivocas si piensas que no hemos dicho nada, hemos dicho todo, conozco tus más privados secretos y tus más profundos miedos, tus ambiciones y tus esfuerzos, tus dichas y tus desgracias, sé todo de tu vida y tu de la mía, pues hemos compartido un momento íntimo en silencio, vimos más allá de nuestro ser físico, toqué tu alma y tu la mía, vivimos una relación de años en segundos y ahora es momento de que yo parta, de que no mires atrás, por que estábamos destinados a compartir un momento y luego desparecer uno de la vida del otro.
Y sin más se marcho.

 

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