EL ASESINO DEL BOSQUE

El día que me encontré con el asesino fue un día particularmente normal, hasta que una serie de eventos desafortunados me llevó a estar cara a cara con la bestia.

Mis compañeros de oficina organizaban la salida semanal a algún bar cercano, un ritual que llevaban a cabo cada semana y era mejor cuando pagaban, como hoy. Este viernes se volvería, como muchos otros, en un pequeño festival lleno de alcohol y amores de una noche. Sabía que muchos de ellos trabajarían al día siguiente, pero preferían aventurarse y llegar con una cruda que duraría hasta pasado el medio día que perder una noche de viernes en su casa.

El primer cambio que noté ese día fue mi inesperada ansiedad por querer participar. Llevaba apenas un mes trabajando para la empresa y hasta ese momento me había mantenido distanciado de mis compañeros, además no había recibido una invitación formal.  Mi inexistente habilidad para socializar me mantenía como espectador, viviendo la vida a través de las vidas de los demás.

Fue Isabel.

Mientras los demás continuaban con su plática ella se acercó a mí. Ella sería la culpable de los hechos siguientes. Mientras bailaba en mi dirección con ese caminar grácil miré sus ojos, sus labios y bajé la mirada a sus senos. Recuperé la cordura cuando estuvo tan cerca que continuar viendo su pecho parecía obvio.

-No aceptaré un no como respuesta- dijo con fuerza hipnótica después de la breve charla que sostuvimos en donde me invitaba a acompañarla al bar.

No tuve opción.

Tan pronto dieron las 3, abandoné el trabajo junto con el resto sin saber que nunca más volvería a ver ese lugar, sin saber que me deparaba un destino fatal.

El bar escogido era pequeño, escandaloso y caluroso.  El mesero que nos atendió parecía que conocía a la perfección al grupo, saludó a cada uno por su nombre y preguntó por el nuevo integrante, yo.

-Lucas, llegó hace un mes a trabajar con nosotros- respondió Samuel, un hombre de 30 años que velaba por los intereses de todos lo integrantes del grupo como un padre que vela por la familia. Ellos eran su familia.

-Bienvenido- respondió el mesero – ¿me permites ver tu identificación?-

Todos rieron, incluso yo.

-No creerás que es menor de edad ¿o sí?-  respondió Mariel, la esposa de Samuel.

-Tengo 24- respondí.

-Esta bien, les creo- dijo el mesero dejando evidente que no nos creía.

Mientras la tarde se convertía en noche podía sentir como la deshidratación se hacía presente en parte por el agobiante calor y por los litros de cerveza que había consumido. La situación comenzó a salirse de control. El alcohol sonrojaba las mejillas y desinhibía a los comensales.  Después de tres horas se inauguró el karaoke y nada lo acompaña mejor que el tequila. Uno tras otro fueron cantando y tomando cada vez más.

Alcohol.

Música.

La falta de melodía de algunos.

Sus labios

sobre los míos su pelo en mi rostro y recuerdo su risa como una melodía mejor que las que obstinadamente repetían pues parece que el repertorio era escaso y no podía ver más lejos que los ojos verdes que tenia frente a mí los ojos de la mujer que me llevó ahí y que me pidió que le quitara la ropa hasta quedar desnuda sobre mi moviendo su cadera sobre la mía en el pequeño cuarto que encontramos vacío en la casa que no nos pertenecía a donde nos había llevado cuando la estancia en el bar se había tornado aburrida porque siempre se aburren de estar ahí pero no de repetir la misma rutina todas las semanas porque creen que así rompen la monotonía de su gris realidad y fue ahí cuando lo vi por primera vez entrando con el cuchillo en alto hundiéndolo en el cuerpo de la mujer rubia cubriendo con su mano sus labios rojos para que no gritara y alertara a los demás y yo sólo corrí como cobarde pues no podía ver como se escapaba la vida de la  mujer que amaba corrí y corrí y salí por la puerta principal y no sé si alguien me vio y que habrían hecho de verme y como es que nadie vio que un asesino había entrado a su casa para tomar la vida de una persona y ahora me perseguía podía sentir como venía por mi cuando salí del lugar salió justo detrás de mi y nadie lo detuvo porque les dio miedo o nadie se imaginó lo que pasaba corrí al bosque cerca del lugar donde Isabel moría me metí hasta que sentí que lo había perdido y caminé mucho tiempo por el lugar hasta que encontré un par de muchachos que fumaban escondidos en un árbol y les pedí que me compartieran y se burlaron de que estaba desnudo pero no me importo porque me sentía a salvo ahí con ellos y comenzaron a besarse y uno me empezó a tocar y me beso y lo besé y lo comencé a tocar porque él quería que lo hiciera y sentí su miembro caliente en mi mano y su mano fría en mi miembro que no dejaba de pensar en Isabel y la sangre que derramo y sus ojos llenos de miedo y su vida alejándose  y sentí el calor del liquido blanco del otro hombre en mi mano y seguía besándome pero yo ya no quería porque sabía que no podía hacer lo que el y el cigarro que el otro fumaba mientras nos veía se había consumido y sacó otro de su bolsa y me dio a fumar porque sabía que lo necesitaba para relajarme y esta vez fue su turno de tocarme y de hacer que lo tocara y estaba  más grande que el anterior y otra vez vino a mi mente los pechos grandes de Isabel que bailaban cuando se movía encima de mi  haciendo ruido que intentaba ser bajo pero que era muy fuerte aunque le pedí que callara no me hizo caso  porque ella siempre hacía lo que quería y el hombre introdujo mi miembro en su boca como lo había hecho Isabel antes pero sus labios no eran suaves como los de ella y ella jugaba porque sabía como hacerlo porque le gustaba hacérselo a los de la oficina ella me dijo y después de jugar con su boca se puso encima de mí y metió mi miembro en ella y comenzó a saltar y quité al hombre porque no me gustaba y me recordaba a ella que había sangrado y no quiso para y seguía hincado enfrente de mi y el otro reía y se paró y me obligaba a que me hincara enfrente de él y yo no quería y él me salvo con una piedra le pegó en la cabeza y el hombre cayo y sangró como Isabel pero no sangro tan hermosamente como ella y el otro hombre corrió y yo corrí porque había visto a la bestia ya dos veces y no quería que le dijera a nadie y me persiguió por el bosque porque quería que yo también sangrara como Isabel y como el hombre y seguí corriendo y la niebla me cubrió y pensé que lo había perdido pero sentía que estaba todavía cerca por eso corrí más y más hasta que no supe donde estaba él y donde estaba yo y el agua apareció bajo mis pies y era fría y me incliné a limpiar mi cara y vi la sangre en mis manos en mi pecho y en mi cara y vi mi reflejo en el agua vi a la bestia al asesino que se llevó a mi amada Isabel y al otro hombre que también me amó por un tiempo me vi a mi mismo convertido en una bestia y lloré.

El Asesinato de Julio Herrera. Capítulo 3

Por @joshtaverita

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Puntual como siempre. Faltaba un minuto para que dieran las ocho, la hora acordada para nuestra cita cuando el estridente sonido del timbre rompió el silencio del ambiente. Sería una noche especial.

Llegamos al evento. El automóvil que la televisora nos había enviado se detuvo frente a la alfombra roja. Al menos una docena de fotógrafos se agazaparon lanzando sus veloces flashes hacia la puerta. Ella se veía espectacular, sabía que daría de qué hablar. La tomé de la mano para ayudarla a salir, escuché los murmullos de los periodistas al verla y sentí los disparos luminosos intensificarse. Era la primera vez que ella se presentaba conmigo a un evento.

Las críticas fueron positivas como lo imaginé. Presentarla a los medios, a mis compañeros y equipo de producción me hacía sentir orgulloso. La amaba demasiado. Me sentía en paz. Ella era mi mayor logro.

La noche marchaba bien. Ella parecía divertirse, a pesar de su sempiterna seriedad, su semblante severo y sus ojos imperativos, sus labios habían adoptado una sonrisa luminosa y cálida que invitaba a los asistentes a acercarse con similar amabilidad.

Por unos minutos la perdí de vista o pudieron ser horas, tal vez semanas que se volvieron meses, años y vida.

De repente sus ojos y su sonrisa eufórica me asaltaron.

-Divertida noche- dijo en tono dulce.

-Bastante, muy hermosa- no me refería a la noche.

-Interesante elección de traje-

-¿A qué te refieres?-

-Azul brillante, entallado ¿tratas de hacerlo obvio?-

-¿Qué cosa?-

-Ya sabes… que eres gay- ¿Qué acaba de decir?

-No soy gay, señorita.-

-No hay nada de que avergonzarse, en esta época ya nadie te juzga-

-Realmente no soy gay, incluso vengo con mi novia-

-¡oh! Lo siento, yo solo pensé…lo siento- sus mejillas se ruborizaron.

-No hay de que preocuparse-

-Tal vez…debería seguir atendiendo- y se alejó apresuradamente tropezando con uno de los invitados al macharse.

¿Quién era ella?

La velada siguió su curso. Los invitados intoxicados por las, siempre llenas, copas de alcohol empezaban a retirarse, evitando a toda costa a los camarógrafos que en parvada aguardaban fuera del edificio, nadie quiere ser la portada escandalosa de las revistas que se nutren de los momentos más humanos de los artistas.

Mi mente viajaba distraída entre el mar de gente restante, cara por cara, cuerpo por cuerpo, buscaba entre la multitud la sonrisa alocada, la única que eclipsaba el sol que sostenía en mi mano.

Fue inútil buscar. El salón estaba casi vacío y no había rastro de su huracán, empezaba a creer que me estaba volviendo loco y ella sólo había sido una alucinación bastante elaborada de mi mente.

-Vámonos amor- me susurró al oído.

Le di un beso en la frente, algo que era común entre nosotros y nos encaminamos a la puerta. Diversas personas nos bloqueaban el camino al andar, despidiéndose de nosotros, reconociendo la belleza del universo que llevaba de la mano. Por un segundo sentí la necesidad de voltear en dirección contraria, esa sensación de una mirada traspasándote. Me topé con sus ojos oscuros y misteriosos, una media sonrisa torció sus labios y desapareció detrás de la puerta de la cocina. Tomé una decisión.

Solté mi mundo con el pretexto de acudir al baño, ella se encaminaría al automóvil y yo al infierno. Corrí tras el diablo tentador, internándome más allá de los límites permitidos. Una docena de miradas se clavaron sobre mi, el cálido olor a comida perfumaba el aire, mi corazón latía al ritmo del aleteo de un colibrí. Ahí estaba, semioculta entre la multitud, su cuerpo tomó la postura de huída cuando me acerqué a ella.

-Espera- le grité con todo el aliento que me quedaba. Ella corrió en sentido opuesto, apresuraba el paso entre las personas. Yo trataba de acortar la distancia un paso a la vez –Espera, por favor- la súplica no hizo efecto.

Llegó a su fin, no había otro lugar a donde huir a no ser que corriera en dirección mía y me atravesara.

-Lo siento, de verdad lo lamento…no era mi intención ofenderlo- su voz sonaba angustiada.

-No me ofendiste, en serio-

-Por favor, señor, regrese con su novia-

-Eso intento, pero en mi mente… necesitaba verte-

-Por favor, no haga esto señor-

-Llámame Julio-

-No quiero generar conflicto-

-Ya lo has hecho-

-Retírese- la exigencia tomó fuerza

-Dime tu nombre-

-Señor, esto es bastante inapropiado, creo que ha tomado demasiado y es momento de que se vaya por su cuenta o me veré obligada a forzarlo- Amenazadoramente encantador.

-Sólo dime tu nombre- su pelo chino caía sobre su rostro cubriendo su expresión. Silencio. Las voces y ruidos de platos, cubiertos y vasos se habían extinto hace unos minutos.

En una mesa cercana se encontraba una pequeña libreta y un bolígrafo. Perfecto. Tomé los objetos y escribí mi nombre y número telefónico, con suerte ella llamaría.

-Dejaré esto aquí si te interesa- di vuelta y me retiré.

Afuera el frío se internalizó en mis pulmones incrementando el dolor en mi pecho. La puerta de nuestro coche estaba abierta y me interné con mi cielo para encaminarnos al paraíso. La noche en la ciudad es cautivadora, las luces de los edificios, la constante actividad, las calles sin tráfico automotriz. La noche en la ciudad es tranquila, casi se te olvidan las características representativas de la ciudad, características negativas como la sobrepoblación, contaminación e inseguridad. Por otro lado, la ciudad está llena de sorpresas, bosques, parques, monumentos, calles coloniales, museos, arte, multiculturalidad, en fin, un número ilimitado de opciones para pasar un buen rato con amigos, familia o pareja.

Me perdí en las estrellas del cielo y en las de mis recuerdos. Deseaba fervientemente que me llamara o que siquiera me enviara un mensaje.

-¿Estás bien?- me preguntó el universo.

-Sólo cansado- respondió el barro.

El hoyo negro de mi cabeza absorbía mis pensamientos. Algo se movió en mi bolsillo, mi celular vibró momentáneamente. Apurado saqué mi móvil y enfrenté el mensaje. Sólo una palabra escrita “Helena”.

Helena.

El Asesinato de Julio Herrera. Capítulo 2

Por @joshtaverita

Capítulo 1

Capítulo 2

«Encontrando un culpable»

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Es todo lo que escribe de ese día, el día en que se le arrebató la vida. Continuaba observando el diario, mientras a lo lejos se escuchaba el llanto incontrolable de la que podría ser su asesina. Había leído unas cuantas páginas previas a la de esta fecha. El registro anterior es de hace dos meses. El 7 de septiembre sale a festejar su aniversario con Val, su novia de 3 años. Después de eso nada. Deja de escribir hasta el día que fue apuñalado. Tal vez tenía miedo de lo que pudiera pasar, tal vez sabía de lo que ella era capaz.

La mujer seguía desbordando sus emociones en el pasillo, la anciana con la que había hablado minutos antes y a la cuál mandé a su casa, regresó para consolar a la que podría llamarse viuda.

-Morales, que empaquen todo lo que sea relevante, que el forense recoja el cuerpo y vámonos- observé como surgió un destello de maldad en los ojos del abotagado hombre, seguramente encontraría alguna joya, reloj u objeto de valor monetario que sería «relevante» para la investigación y lo decomisaría en nombre de la ley. Estaba más preocupado por la investigación que por las fechorías que pudiera cometer el cuerpo policiaco.

Me incliné ante la acongojada mujer -¿cómo te llamas?- pregunté en el tono más compasivo que pude generar.

La mujer entre sollozos contestó. Valeria. Entonces era ella a la que había invitado a cenar, de la que se había estado aprovechando por al menos los últimos dos meses.

La llamada a la policía se efectúa a las 20:14 horas, para ese momento la comida ya estaba preparada, muestra de ello es la persistencia del aroma en la cocina. Él estaba esperando que ella llegara pronto. Ella se presentó a las 23:16, demasiado tarde para acudir a una cena.

Aunque ¿por qué el asesino regresaría a la escena del crimen? Parecería una estrategia tomada de algún programa televisivo para desviar la atención del investigador. Pensando lógicamente, un criminal no regresa al lugar del asesinato por miedo a relacionar el acto con la persona o por si se encuentra algo que pudiera incriminarlo, mucho menos regresa pocas horas después cuando aún la policía está ahí. Pero ella parece lista. Posiblemente crea que esconderse a plena vista disminuirá las posibilidades de ser incriminada.

-¿Por qué estás aquí?- pregunté sin rodeos, sin darle tiempo a crear una historia falsa. Su rostro se tornó defensivo a la agresividad de mi voz.

-Es mi novio- contestó con la voz aun entrecortada por el llanto- íbamos a cenar juntos-

-¿A las 11 de la noche? Al parecer él te esperaba desde antes- ataqué.

-No pude antes-

-¿Por qué?-

-Por…problemas familiares- su voz se tornó serena. Sabía qué estaba tratando de hacer.

-¿Qué clase de problemas?-

-No tengo porque discutirlos con usted- la presa se volvió depredador. Su rostro se tornó inexpresivo y su mirada tímida se convirtió en desafiante, incluso pude ver como sus labios formaban una retorcida sonrisa. Supo cómo evitar mi pregunta.
Sin duda su belleza se equiparaba con su inteligencia. Rápidamente entendió que quería ponerla en una encrucijada para que confesara y no darle tiempo para armar una historia. Vi la imposibilidad de seguirla cuestionando.

-Soy el detective Chávez, estaré al frente de la investigación. Se te citará para declarar pronto- y diciendo esto di media vuelta y me interné en el departamento.
Podría haber algo más que la incriminara, un cabello, saliva, sangre, algo. En ella no vi herida alguna, ningún rasguño o moretón, al menos no en manos, cuello o cara. Los brazos, sin embargo, los traía cubiertos por un saco negro; si ahí había algo no podía verla. Tendría que citarla lo más pronto a declarar para que no se borrara ninguna huella si es que tenía alguna, en un día caluroso de preferencia para evitar que acudiera de manga larga y cuello alto. Debía hallar en ella algún descuido.

El cuerpo ya estaba empaquetado en la acostumbrada bolsa negra y la policía había decomisado los objetos útiles para la investigación. Pude ver en la cara de Morales la malicia satisfactoria que tiene el ladrón al pillar algo y saber que no será atrapado mientras salía de la habitación. Me encargaré de él después.

La tranquilidad fue interrumpida cuando la mujer de ojos esmeralda irrumpió en el departamento. Por unos segundos se quedó paralizada observando la bolsa negra que resguardaba el cuerpo del hombre que amó los últimos tres años. Parecía que las lágrimas volverían a desbordar por su rostro, pero fueron contenidas en el borde del párpado inferior. Ágilmente esquivó a los hombres que trataban de contenerla y llevarla fuera. Corrió a la habitación de Julio, de un empujón logró mover los casi 100 kg de Morales y se internó por medio minuto en el cuarto. Salió con el rostro encendido, coloreado de rojo. Dirigió su mirada hacia mi, sentía como su odio penetraba mi cuerpo, sentía como si quisiera disolverme.

-¿Dónde está el reloj de su padre?- vociferó con todo el odio que pudo proyectar.

-¿Qué reloj?-

-El reloj de oro de su padre. Siempre lo guardaba en el cajón superior del mueble en su cuarto y no está ¿por qué lo han agarrado?-

Observé de reojo a Morales, su respiración se intensificó y su rostro se volvió pálido y sudoroso.

-Le aseguro que no hemos tomado nada que no sea relevante para esta investigación- mentí.

-El reloj lo traía puesto, está en la bolsa junto con el cuerpo- contestó Morales.

-No es cierto- aseguró ella.

¿Cómo sabe? ¿Acaso este pequeño arrebato será mi oportunidad para incriminarla? El hecho que ella sepa que no lo traía implica que lo vio antes. Era mi momento de atacar, de presionarla al límite para que confesara.

-¿Cómo sabes que no lo traía?-

-Él nunca lo usaba-

-Tal vez hoy decidió ponérselo-

-Julio era una persona obsesiva y metódica, no cambiaría su patrón sólo porque sí-

Tenía un análisis de su novio, aunque después de tres años era de esperarse, conocía todos  los detalles de su vida.

-Tal vez quiso darte una sorpresa-

-Tal vez-

Durante toda la conversación no tartamudeo, no dudó, fue firme y serena.

-¿Dudas de tu novio?-

-No tengo porque discutirlo con usted- otra vez la misma respuesta.

Cada vez estaba más convencido de que ella estaba relacionada con el crimen, necesitaba encontrar los motivos y forzar una declaración.

Ante la aparente imposibilidad de lograr que dijera más en esta ocasión y por lo informal de la situación, le supliqué que abandonara el lugar prometiéndole regresar el preciado reloj si era hallado. Es cierto que en la muñeca del hombre no había nada y, por la actitud sospechosa de Morales, estaba seguro que él lo había tomado. Bien. Me podría servir en algún momento, quizá podría sacar ventaja de tener ese objeto en mis manos.

Me acerqué a Morales y en voz baja y lo más cerca que pude estar de él le dije -entrégame el reloj-

De la bolsa del pantalón sacó la joya de oro. Un trabajo exquisito y monetariamente muy valioso, bien podría salir de su venta unos 40 o 50 mil pesos. Era el caso de esta prenda que su valor sentimental era superior al bursátil y eso lo hacía relevante en la investigación. Al observarlo con detenimiento noté una mancha púrpura en la correa, una mancha de sangre fresca. Morales no había mentido, si lo halló en el cuerpo pero lo decomisó para beneficio propio.

-Lo retiraste antes de que llegáramos-asintió con su globosa cabeza sin poder expresarse verbalmente, quizá por la culpa o por el miedo de ser reportado una vez descubierto -esto queda entre nosotros- le aseguré, después de todo regresó la pieza.

Entonces lo traía puesto. Esto me tiraba mi sospecha sobre Valeria. Ella había dicho que no lo llevaba puesto. O tal vez armó todo el teatro para, otra vez, desviar las sospechas de ella. ¿Realmente podía ser tan perversa esa mujer?

Nos retiramos del lugar una vez terminado el proceso de recoger el cuerpo y demás datos de evidencia.

La prensa amarillista ya se hallaba afuera del edificio, no esperaba menos. Al final de cuentas se trataba del asesinato de un joven actor de televisión.

Recientemente había hallado la fama, su rostro se hallaba en toda clase de comerciales y ahora se encontraba cubierto por plástico opaco. Su fama fue efímera como su vida.

Me negué a proporcionar declaración alguna a los medios de comunicación y me dirigí sin tropiezos a mi oficina. Prendí la computadora y entré a internet. En la sección de noticias recientes, un encabezado captó mi atención. «Muere el joven actor Julio Herrera a sus 27 años de edad apuñalado por su novia». Aquí 10 de sus mejores momentos en televisión. Otro aún más impactante rezaba «Apuñalan al actor Julio Herrera, su novia como principal sospechosa».

Entonces no era el único que creía que había sido ella, pero ¿quién habrá dado esa información? Tal vez internet y las páginas de espectáculos podrían proporcionarme alguna pista, algún paparazzi que haya captado a Julio discutir con su novia o algún infiltrado chismoso que asegure que tenían problemas o si alguno de los dos tenía conductas violentas.

Nada. Dos docenas de notas describiendo lo perfecta que era la relación de ambos, ella una magnifica abogada y él un promeniente actor, se les captaba constantemente comiendo juntos, besándose sin miedo de la cámara indiscreta, tomados de la mano en la playa o algún parque de la ciudad. Unos cuantos rumoraban la posibilidad de una boda pronto. Una pareja común, un par de enamorados que entregaban su vida el uno al otro y a su trabajo.Ya tendría tiempo de buscar alguna pista que me dijera el motivo de porqué ella lo había asesinado.

Accedí a la sección de clima y vi los pronósticos de los días siguientes. En dos días tendríamos 28° C, una temperatura poco usual en esta época del año. Sería bastante caluroso como para usar manga larga, sería mi oportunidad para citar a Valeria. Tenía que llenar mi informe, crear el expediente, recabar toda la información útil y analizar los hechos. Tenía que estar preparado para obligarla a confesar.

 

El Asesinato de Julio Herrera. Capítulo 1

Por @joshtaverita

Una gota, otra más, una tras otra manchaban de escarlata el suelo debajo de mí. Mi visión se tornaba borrosa, apenas podía distinguir la silueta sosteniendo en su mano izquierda el cuchillo manchado de mi sangre fresca, emanando un aroma a hierro oxidado combinado con sal. Mi respiración se tornó pesada, inconstante, ruidosa; sentía una inmensa resistencia por parte de mis pulmones para permitir que el aire entrara libremente en ellos, mi corazón retumbaba fuerte, deprisa y agónico.

No podía creer que lo haya hecho. ¿cuál fue el motivo? Eso no lo sabré, moriré con la incertidumbre. Moriré viendo como una mujer tan bella, buena y compasiva, se tornó de pronto en una asesina a sangre fría. Su sonrisa, que alguna vez emanó júbilo, esperanza y cariño, ahora era amarga y lúgubre.

-Tú lo pediste Julio Herrera- dijo con un tono de voz sádico que se me hizo desconocido- Tú me pediste que lo hiciera.-

Es cierto, yo lo pedí.

Exhalé.

Un crimen pasional. Fue lo primero que pensé al ver la escena del crimen. El patrón aleatorio de las más de 20 apuñaladas me daba una pista. Fue alguien conocido, eso es seguro, la puerta no parecía hacer sido perpetrada violentamente, no se apreciaban huellas de lucha. El sujeto de unos veinte y algo de años, se encontraba en una esquina sentado, sin vida, bañado en su sangre y en su fría y rígida mano, el teléfono por el cual había pedido auxilio. Menos de 20 minutos había tardado la policía en rastrear la llamada, informar a la unidad más cercana y acudir al departamento para encontrar el cadáver que ante mi se presenta, en la misma posición, congelado en el tiempo. No alcanzaron a escuchar su último suspiro o a ver a algún sospechoso. Murió sin saber que la ayuda había llegado, tarde, pero ahí estaba.

Cientos de fotos ya habían sido tomadas de cada rincón, mueble y objeto dentro del lugar. No parecía faltar nada, no había desorden que orientara a un intento de robo, al contrario, la casa estaba impecablemente ordenada, algo poco común en los jóvenes que viven solos, ni un libro fuera de lugar en los dos libreros de la pared norte, ni una mota de polvo en el comedor que invadía el centro de la habitación. Cinco fotos se hallaban en la pequeña mesa decorativa de la pared sur, seis personas diferentes figuraban en ellas, abuelos, padres, hermanos tal vez. Destacaba por su marco de plata, una fotografía de un hombre joven, vivo y alegre a lado de una muchacha de cabello oscuro, lacio, de tez blanca y ojos verdes. Ambos vestían de gala y por su forma de abrazarse podría pensarse que era su novia. Bien, una sospechosa.

-Morales- me dirigí al policía alto y gordo que había recibido la notificación de un crimen y que, por la proximidad, fue el primero en acudir – ¿qué fue lo que te informaron exactamente antes de acudir a este lugar?-

-Me hablaron por el radio- tenía una voz muy chillante, como si el sonido tuviera que atravesar una cuerdas vocales rígidas y paralíticas, entre cada palabra debía hacer una pausa breve para meter aire a sus pulmones poco distensibles secundario a la poca movilidad diafragmática consecuencia del prominente abdomen -me dijeron que había un K5 por un Z2-

-Sin claves Morales-

-Perdón jefe- su cara se tornó violeta, combinación de su perpetuo tono azul y el rubor desencadenado por la orden- me dijeron que había una emergencia por un lesionado en esta dirección,  al parecer el sujeto llamó a emergencias y pidió apoyo, argumentando que había sido apuñalado en su domicilio y necesitaba urgentemente ayuda. Se informó de la posible necesidad de una ambulancia, la cual llego minutos después de que nuestra unidad arribara al lugar. Aquí encontramos al hombre ya muerto y el equipo paramédico no pudo ofrecer algún tratamiento-

Con esta información, busqué con la mirada la base del teléfono inalámbrico. Estaba a poco más de cinco metros de distancia del cuerpo, no se veían rastros de sangre en ninguna otra parte del piso más que el lago que se formaba a su alrededor. Evidentemente él no cambio de lugar en ningún momento, no se movió a través del apartamento, no se veían manchas en los muebles de alrededor que sus manos pudieran haber dejado al tomar el teléfono, o algún otro objeto de ese lugar. Tal vez él ya tenía el teléfono en la mano, tal vez estaba a punto de marcar a emergencias cuando el atacante en un acto desesperado, decidió arrebatarle la vida. Sólo tal vez.

-¿Alguien ha hablado con los vecinos? ¿Alguno escuchó algo?- pregunté.

Gutiérrez, el compañero de Morales fue quien contestó -nadie lo ha hecho, hay algunos vecinos esperando afuera-

Como es natural en una escena de crimen, se reúne una multitud de curiosos tratando de saciar su morbo, queriendo ser los que tengan la primicia para tener algún tema de conversación con el marido, la comadre, el compadre o la suegra. Quizá en el fondo, a las personas les gusta ver los homicidios porque les hace sentir felicidad de que esta vez no fueron ellos, les da una falsa ilusión de poseer un cuerpo inmortal al ver uno perecedero.

Salí al pasillo no sin antes echar un nuevo vistazo al marco de la puerta. Sin raspones o rupturas, la puerta de caoba demasiado gruesa para romperla. Definitivamente el atacante entró con autorización.

Una señora de unos 60 años y metro y medio de estatura aguardaba en primera fila el reporte oficial, tenía la mirada llena de curiosidad.

-El muchacho que vivía aquí fue asesinado- dije. Una falsa expresión de sorpresa y tristeza se apoderaron del rostro arrugado de la mujer -Soy el detective Alfredo Alonso y voy a estar investigando el caso ¿alguno de ustedes escuchó algo?-

-Nada- contestó rápidamente la anciana buscando un poco de protagonismo- ni un grito, golpe o sonido extraño-

-Yo sí escuché algo- contradijo un señor igual o incluso mayor que la anciana -yo vivo en el departamento de enfrente, en estas casas tan pequeñas se escucha cada movimiento que haces a través de las paredes. El muchacho llegó poco después de pasado medio día y desde entonces sólo se escuchó música proveniente de su departamento-

-¿Música? ¿se escuchaba como que había más gente con él? ¿hacía mucho ruido?-

-No, para nada. Se escuchaba música tranquila, melodías de piano y violín generalmente. Siempre que traía a su novia las ponía-

-¿Tenía una novia?- recordé a la mujer de la foto.

-Bueno, supongo que era su novia, él no hablaba mucho con nosotros. Una muchacha, muy guapa por cierto, de más o menos la misma edad que él, venía seguido a visitarlo. Nos habremos encontrando y saludado un par de veces en las escaleras-

-¿Cómo es ella?-

-Muy guapa, de cabello largo, lacio y oscuro, con unos impresionantes ojos verdes- definitivamente la mujer de la foto.

-¿Alguien vio si entró con ella hoy?- negaron al unísono. Al menos ahora sé que es posible que ella haya estado con él y que sea la culpable.

Regresé al interior del departamento tras despedir a los vecinos y suplicarles que regresaran a su casa. Justo antes de marcharse la anciana que había estado impacientemente por enterarse de los hechos me ofreció su ayuda si era necesaria, quería saber quién había sido el asesino, igual o más que yo.

Al entrar revisé el estéreo que reposaba sobre uno de los libreros. A un lado hallé la caja vacía de un disco. “Piano comfort” se leía en la portada, una recopilación de melodías interpretadas únicamente en piano de diversos artistas al parecer. Me llamó la atención un cuaderno de pasta azul encima del estéreo. Al tomarlo se abrió instantáneamente en una página separada por una pluma.

En la página lucía la tinta que parecía fresca leyéndose: “ella lo hará, por amor o por celos pero lo hará”.

¿Se referirá a su asesina?

-Señor, hay una mujer preguntando por el joven- interrumpió Morales.

Una mujer.

Me acerqué a la puerta deprisa para abrir y encontrar tras el marco, a una mujer de cabello largo y oscuro, con ojos verdes rodeados de un rojo intenso, del rojo que precede a las lágrimas.

-¿Dónde está Julio?- preguntó entre sollozos.

Era ella. La mujer de la foto.

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