Pizza para dos (ficción)

Estaba sentado esperando a que llegaran, tanto la pizza como ella. Nos conocimos una década atrás cuando estudiabamos juntos en la universidad y nos dimos cuenta que nuestros gustos eran similares, aunque en las pizzas no del todo, porque siempre pedíamos mitad y mitad. Cada quien escogía su favorita y era casi como un ritual, inclusive cuando íbamos al cine a ver el estreno del viernes pedíamos las palomitas mitad caramelo y mitad mantequilla. Yo a veces me emocionaba poniéndole salsa a las de mantequilla y terminaba por hacer que el cartón se aguadara. Por cierto, si mi abuelita me viera haciendo eso me daría todo un discurso acerca de la gastritis y de paso mencionaría que le diera una leidita al manual de Carreño.

Habían transcurrido algunos meses desde la última vez que nos vimos en su departamento. En aquella ocasión había pasado la noche con ella, acostados en la cama acompañados de la oscuridad mientras platicabamos del futuro. Ese futuro que a veces era muy incierto y que no estaba del todo escrito. Desde que tengo memoria nos hemos contado tanto las buenas como las malas noticias. Los trabajos, las crisis existenciales, las dudas, los corazones rotos, los consejos, etc. Habíamos platicado prácticamente de todo y nos conocíamos muy bien. Tenía mucha emoción de verla, porque a pesar de que no nos habíamos visto en mucho tiempo, siempre que nos veíamos era como si el tiempo no hubiera pasado.

Repasaba una y otra vez lo que estaba a punto de decirle, no sabía cómo lo iba a tomar y por eso había escogido acompañarlo de pizza. El timbre sonó y me dirigí a la puerta, podía ser cualquiera de las dos. Abrí rápidamente y el olor delató quién había llegado primero. Obviamente iba a llegar primero el de la pizza, sino es gratis. Le pagué, le di su buena propina porque la verdad ganan una miseria y se fue. Puse la caja en la mesa y me senté a esperar, la próxima llegada iba a ser la de ella.

El timbre sonó nuevamente 15 minutos después y abrí la puerta. El tiempo no había pasado y era como si nos hubieramos visto ayer. Ambos sonreímos de oreja a oreja y abrimos los brazos.

FIN

La Marea en sus Ojos (Poema)

Al fuego va tu mirada
Al fuego lento conmigo
No te escondas en las sombras
No me arranques más suspiros

Mira al velero en el agua
Mira al velero en el mar
Navego por tus mareas
Hasta llegar a altamar

No me importa si lo dices
No me importa si lo sé
Tu me entregas toda el alma
Yo te amo más que ayer

Vacante (ficción)

Por @arturtavera

Eran las 8 de la noche y el lugar comenzaba a llenarse, nada mal para ser un miércoles. Nunca había estado ahí, siempre iba al mismo lugar aburrido con música en vivo. Pero esta vez decidí aventurarme y meterme en este bar que veía de lunes a viernes cuando iba de regreso del trabajo a mi departamento. Mi mamá siempre había dicho “renovarse o morir” y la verdad es que soy muy joven y no he vivido lo suficiente, así que prefiero renovarme.
Como me encontraba en mi etapa de renovación, la semana pasada escogí un nuevo corte de cabello, me metí a instagram para encontrar alguna inspiración y ahí estaba ese look atrevido. Juan, el barbero, se sorprendió cuando le comenté que ya no quería el mismo corte que había tenido desde hace tres años. Su cara de angustia era una cara de satisfacción para mi.
La renovación había llegado hasta mi facebook, comencé a borrar a aquellas personas que no conocía y no entendía porqué las tenía. Una de ellas subía fotos de un bebé todo el tiempo, ni la conozco, ni a su bebé, ni a su marido. Borrón, borrón, borrón y cuenta nueva. Bueno, no cuenta nueva pero si una limpieza profunda de mi vida virtual.
– ¿Vas a querer algo más, mi vida? –
¿Mi vida? ¿En qué momento me volví parte fundamental de ella? Apenas llevo 30 minutos aquí y ya soy su vida.
– Sí, por favor – le dije aguantándome la risa. Que bueno que las personas no leen mentes. – Quiero mmmm…una de esas cosas que tienen hierbabuena. –
– ¿Te refieres a un mojito – me preguntó con una sonrisa pícara.
– Sí, ese. Siempre se me olvida el nombre. Lo siento, soy pésimo para las bebidas. Pero si quieres pregúntame las tablas de multiplicar hasta el 20, esas me las sé todas.
– Sería preocupante que no te las supieras. ¿Eres bueno con los números? –
– Sí, me defiendo un poco. De vez en cuando los utilizo.- y le sonreí. Claro que los utilizo, hay dos botellas vacías frente a ella, caben 20 mesas en el bar, en esta barra hay 10 bancos y yo estoy sentado en uno de ellos. – ¿Y tu eres buena? –
– ¿Se vale si sólo mido las cantidades de alcohol que le debo echar a las bebidas? –
– Sí, se vale. Al fin y al cabo son números –
– Entonces sí soy buena. Oye, nunca te había visto por aquí. ¿Es la primera vez que vienes? –
– Sí, había pasado varias veces por aquí cuando salgo del trabajo. Pero como estoy en mi faceta de renovarse o morir, decidí meterme a ver que tal está –
– Es bueno renovarse o morir, yo lo he aplicado antes. Solía ser camarera, pero decidí que ya no más y ahorré para abrir este bar y aquí estoy – dijo sonriendo de oreja a oreja. – ¿Y te gusta el bar? –
– Sí, es muy agradable, no me imaginé que fuera así por dentro.- extendió la mano y me entregó el mojito.
– Aquí tienes, mi vida.-
Ahí vamos otra vez.
– Gracias, se ve muy bueno –
– ¿Y vienes con alguien o esperas a alguien? – dijo con mucha intriga y una cara como la de mi tía la chismosa se dibujó en su rostro.
– No, desafortunadamente vine solo. – le contesté. Era la verdad, iba solo, bueno, acompañado de la soledad. Creo que así se escucha mejor. –
– ¡Que mal! – respondió ante mi confesión. Ella era guapa, quizás no tan guapa pero sí muy atractiva. De esas mujeres que tienen algo que no sabes qué es pero te llama la atención.
– ¿Y tu vienes con alguien? – le pregunté. ¡Que estúpido! ¡Ella está aquí porque es la dueña del bar! Aunque bueno, la pregunta ya está hecha. Mal, mal, muy mal, terrible error.
– No vengo con nadie, pero sí tengo a alguien y está aquí. – y soltó una risita y un guiño. Eso provocó que sintiera algo en el estómago. ¿Nausea por los nervios?
– Que interesante. Y dime, ¿quién es de todos los que están aquí? –
– Trata de adivinarlo. No te diré pistas, pero te daré tres oportunidades para hacerlo.-
– Está bien, veamos. Seguramente es aquél tipo de la esquina que está fumando un cigarro y trae tres botones desabrochados de su camisa.-
– No –
– Puede que sea aquél que está en una mesa con parejas y es el único que está solo. – señalé la mesa junto a la mesa de billar.-
– Tampoco – y soltó una risita.
– Entonces puede que sea ese que te está mirando fijamente a los ojos – le dije en voz baja.
– Sí, es él. – se acercó a mi rostro y junto sus labios con los míos. No podía creer que esto hubiera ido tan rápido.
Aparté mi cara de la suya, un poco sorprendido por lo que acababa de pasar.
– Gracias, amor – le dije mirándola a los ojos y besándola nuevamente. – Creo que ya estoy preparado para la audición, espero quedarme con el papel. Estos ejercicios siempre me ayudan a desestresarme y meterme en el personaje. –
– Me divierte mucho que hagamos esto – y puso su mano detrás de mi cuello.
Volví a besarla y tomé mi portafolio con todo lo que necesitaba para la audición de una comedia romántica que se iba a filmar en nuestra ciudad. Bajé del banco, me di la vuelta y caminé entre las mesas vacías que se encontraban en ese bar que apenas íbamos a abrir. Al llegar a la puerta volví mi mirada hacia ella.
– ¡Muchas gracias, amor! – le grité a los cuatro vientos, esperando a que alguien fuera testigo del amor a esa mujer que estaba conmigo desde hace 15 años.
– ¡Mucha suerte, mi vida! – gritó ella.

El acento que le falta a tu corazón (ficción)

Por @arturtavera

– ¿La pides tu o la pido yo?
– Creo que mejor la pido yo, está viendo hacia acá.
Levanté mi manó derecha haciendo la señal de que estaba pidiendo la cuenta, por una extraña razón me imaginé sosteniendo una varita mágica como Harry Potter y estuviera haciendo algún hechizo. Minutos después llegó la cuenta y cada quien se dispuso a pagar lo que había bebido. Yo como siempre había ordenado un jugo de naranja, por eso de la vitamina C, y él como de costumbre había tomado café, muchas tazas de café. Dejamos la propina y nos fuimos de ahí.
Caminamos unas cuantas cuadras, recorrimos algunas tiendas de antigüedades y finalmente llegamos a la librería. Cada quien se fue a su sección favorita: ficción y ciencia. Me paré al lado de los nuevos lanzamientos, buscando algún título que llamara mi atención, ningún libro lo hizo, pero si había algo que me interesaba, él. Miré hacia su sección favorita y vi que no estaba, ¿en dónde se había metido? Volteé hacia atrás y vi que estaba en una sección que jamás pensé que pisaría, autoayuda. ¿En verdad necesita autoayuda? ¡Me ofrezco a ayudarte!
Caminé hacia él y vi que estaba concentrado leyendo la contraportada de un libro como de trescientas páginas. Traté de voltearlo para ver de qué se trataba pero no me dejó e incluso tapó el lomo para que no leyera el título. Su cara mostraba aprobación y ese gesto que alguien hace cuando un artículo lo convenció para comprarlo.
– ¿No encontraste nada que te gustara? – preguntó.
– Mmmmm… no, no vi nada interesante ¿y tú? – aunque obvio si me gustaba algo en esa librería.
– ¡Que mal! Pues yo me llevaré este – y sin más caminó directo hacia la caja.
Pagó y salimos de la librería, le hizo un nudo a la bolsa donde se encontraba el libro, era obvio que no quería que viera de qué se trataba.
– ¿Cuál te compraste?
– No te voy a decir. Te va a dar risa y te vas a burlar de mí.
– ¡Claro que no me voy a burlar de ti! Todos a veces en la vida necesitamos un poco de autoayuda.
– ¿En serio esa es la mejor manera de querer convencerme para que te lo enseñe?
– ¿Qué tan malo puede ser?
– Bueno, está bien. Te lo voy a enseñar.
– ¿En serio eres tan fácil de convencer?
Puso lo ojos en blanco y desamarró la bolsa para introducir su mano y sacar el libro. Lo puse en mis manos y leí: “Cómo encontrar el amor en 10 pasos”. Mi reacción no fue reírme, fue todo lo contrario porque me tomó por sorpresa. ¿En verdad estaba buscando el amor? ¿Un amor de 10 pasos? ¿Existen 10 pasos para encontrarlo? ¡¿Por qué nadie me lo dijo?!
– ¿Por qué te compraste esto? Pensé que este tipo de libros no te gustaban para nada.
– Me lo compré porque pienso que mi vida va muy bien, tengo un excelente trabajo, pero siento que algo me falta y creo que tu también te das cuenta.
Y mi subconsciente gritó: ¡YO!

FIN

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